La dieta del Dr. Dukan

 

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El clero

 

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El número de clérigos era, en la Edad Media, más bien excesivo. Tanto la selección como la instrucción solían ser deficientes. No había nada parecido a los modernos seminarios. Cuando surgieron las universidades en el siglo XIII, en muchas de ellas, aunque no en todas, ni mucho menos, se daban cursos de teología, pero esto no significaba que para recibir el orden sagrado se requirieran estudios superiores. Se calcula que sólo el uno por ciento de los clérigos medievales pasaban por algún establecimiento superior de enseñanza. Por lo demás, la cura de almas no era, ni con mucho la ocupación de todos los clérigos.

 

Muchos de éstos servían como capellanes en el séquito de los señores feudales, como beneficiados en las iglesias propias o como canónigos en las colegiatas, y no tenían otra obligación que la de decir misa en determinados días y, si eran canónigos, asistir al coro. Así, el estado de la cura de almas estaba muy lejos de ser ideal. Una sistemática enseñanza del catecismo para la juventud no existía en absoluto. Las lamentaciones sobre la ignorancia del pueblo, especialmente el rural, en cuestiones religiosas, no podían estar más justificadas. Los incultos clérigos gozaban de muy escaso respeto, sobre todo si llevaban una vida inmoral, lo cual era bastante frecuente. Tanto mayor era el prestigio de los monjes, sobre todo los rigurosos cluniacenses y más tarde los del Cister.


La elevación de nivel del clero destinado al servicio pastoral constituía uno de los puntos principales del programa de reforma del siglo XI. Como las personalidades que llevaban la voz cantante en la Iglesia eran o cluniacenses o adictos a éstos, la reforma fue emprendida en un sentido monástico. Los reformadores creyeron que el mejor medio era que todos los clérigos llevaran una vida en común, a la manera cenobítica.


La idea no era en sí misma nueva. Desde que a fines del siglo IV san Eusebio en Vercelli y san Agustín en Hipona dieron el ejemplo haciendo que sus clérigos vivieran en una comunidad conventual, este tipo de vida pasó siempre como la ideal, y así muchos concilios la recomendaron, aunque raras veces pudiera observarse por razones prácticas.

 

El obispo de Metz, Crodegango, escribió en el siglo VIII una regla para sus canónigos, según el modelo de las reglas monacales. El sínodo imperial franco de 817 dictó una regla para los clérigos, inspirada en san Jerónimo, san Agustín y los cánones conciliares. Su autor fue probablemente el benedictino Benito de Aniano, quien también llevó a cabo una reforma monacal por encargo del emperador Ludovico Pío. Pero todos estos intentos de reducir a los clérigos a la vita communis se estrellaron contra dificultades de orden práctico, y sobre todo contra el sistema feudal de las iglesias propias.

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