La dieta del Dr. Dukan

 

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El sacramento del altar

 

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Las discusiones escolásticas sobre la naturaleza del santo sacramento del altar empieza ya en la preescolástica. En el siglo XI Berengario de Tours había intentado explicar la presencia de Cristo como no real, sino dinámica. Condenado por varios sínodos, en 1079 se sometió a Gregorio VII. La definición decisiva del concepto de transubstanciación fue obra del cuarto concilio de Letrán en 1215, el cual elevó también a ley de la Iglesia la obligación de la confesión anual y de la comunión pascual.


Esta aclaración del problema teológico no se tradujo aún en una mayor frecuencia en la recepción del sacramento, aunque ya santo Tomás examinó la cuestión de si era aconsejable la comunión diaria. De san Luis sabemos que comulgaba seis veces al año. La más antigua regla de las clarisas permitía a las religiosas siete comuniones anuales. Pero no tardó en desarrollarse la devoción a Cristo en el sacramento, en el tabernáculo, devoción que la antigüedad no había conocido en esta forma y sin la cual no nos es posible hoy concebir ninguna clase de piedad católica, desde la de los grandes santos hasta la de los últimos fieles.


Ya en el siglo XII, el afán de los fieles de contemplar la forma consagrada dio lugar al rito de la elevación en la misa, primero sólo de la hostia y luego también del cáliz. La devoción culminó en la instauración de la fiesta del Corpus Christi en el siglo XIII. La primera iniciativa vino de una sencilla religiosa, santa Juliana de Lieja († 1258). El examen de las visiones que al respecto tenía la santa, fue confiado al cardenal legado Hugo de S. Caro OP, y al arcediano de Lieja, Jacobo Pantaleón de Troyes. La sentencia fue favorable.

 

Seguidamente el obispo de Lieja introdujo en 1246 la fiesta en su diócesis, y también el cardenal Hugo en el distrito occidental de Alemania en el que actuaba de legado. Pantaleón de Troyes subió al trono pontificio en 1261 con el nombre de Urbano IV y en 1264 estableció la fiesta para toda la Iglesia. El oficio litúrgico, con los hermosos himnos Lauda Sion y Pange lingua, Tantum ergo, los compuso, por encargo del papa, nada menos que santo Tomás de Aquino. La procesión, de momento no se celebraba; pero está ya atestiguada el año 1279 en Colonia, el 1301 en Hildesheim y el 1305 en Augsburgo.

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