Importancia de la escolástica para la vida religiosa
Como método, la escolástica no es otra cosa que la aplicación del pensamiento deductivo a los datos de la revelación cristiana. En todas las ciencias se encuentra una aplicación semejante. Por ella el conocimiento científico se distingue del simple acopio de materiales. El material de la teología lo suministran los hechos y doctrinas reseñados en la sagrada Escritura o contenidos en la fe viva y consciente de la Iglesia, sea que hayan sido fijadas por escrito por autoridades como los antiguos padres de la Iglesia, sea que se manifiesten en los preceptos e instituciones eclesiásticas.
Este material es ordenado sistemáticamente por la escolástica en grupos de problemas conexos, o «tratados»: ¿Qué es Dios? ¿Quién era Cristo? ¿Qué es la Iglesia? ¿Cómo se efectúa la salvación del hombre? Así se definen luego los conceptos que componen el sistema total de la fe: naturaleza y sobrenaturaleza, gracia, sacramentos, justificación, pecado, ley, redención, fe.
Esto no significa que los misterios de la fe dejen de ser misterios, pero con esas definiciones y fijaciones de conceptos se establecen los límites que separan lo suprarracional de lo irracional. No se descubre ninguna nueva verdad revelada en la que no se creyera hasta entonces, pero sí se reconocen los nexos que enlazan las verdades de fe, y éstas son comprendidas en su contexto entero. Siempre se había creído que María fue objeto de una especial elección por Dios, y dotada por Él de especiales privilegios que la distinguen de todos los demás humanos; mas para poder definir la substancia de uno de tales privilegios como «inmaculada Concepción», debía primero ponerse en claro la naturaleza del pecado original y también la relación entre pecado original y redención.
Este ejemplo hace ver, además, que la escolástica medieval estuvo muy lejos de resolver todos los problemas existentes, sin dejar nada para los futuros teólogos. Con respecto a la inmaculada Concepción, en el siglo XIII el planteamiento del problema estaba perfectamente claro, e incluso Duns Escoto señaló el camino que había de conducir a la solución de las dificultades. Pero hubo que esperar muchos siglos hasta que se hallara la solución definitiva.
Lo que sobre todo faltaba a la escolástica medieval, era la posibilidad de someter a un examen crítico el material teológico dado. Faltaban sobre todo conocimientos sistemáticos de carácter histórico, y especialmente filológico, sobre la significación y evolución del lenguaje humano. Además, el pensamiento teológico quedaba en muchos puntos trabado por una deficiente observación de la naturaleza. Aquí es donde las épocas posteriores pudieron efectuar aún grandes progresos.
Sin embargo, fue enorme el enriquecimiento que la escolástica aportó a la vida religiosa de la Iglesia. Los antiguos sabían que el hombre no debe pecar; sabían también que no todos los pecados poseen la misma gravedad. Pero no poseían un claro concepto de la vida sobrenatural del alma, del estado de la gracia santificante, y por tanto tampoco estaban en condiciones de distinguir los pecados que destruyen la vida de la gracia y los que no. Los actos de la Iglesia que comunican gracia eran ya conocidos de antiguo, y su ejercicio se remonta a los tiempos más remotos.
Pero fue la escolástica la que creó para estos actos el concepto común de «sacramento» y explicó la manera de obrar de los sacramentos y las condiciones para su administración. Recuérdese la perplejidad con que los obispos del siglo III se habían enfrentado con el problema de si era válido el bautismo administrado por los no católicos. Los antiguos sabían que los fieles podían y debían someter sus pecados personales al poder eclesiástico de las llaves, y que la Iglesia tenía facultades para perdonar estos pecados; lo que no podían decir era cuándo y cómo ocurre este perdón y en qué circunstancias es posible que el perdón no tenga efecto.
Los antiguos sabían que en la misa se renueva el sacrificio de Cristo y que en la comunión los fieles reciben el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo. Pero sólo la escolástica estaba en condiciones de definir el
concepto de transubstanciación. Con ello suministró a la piedad católica un nuevo impulso cuyos alcances habían de ser incalculables.
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