Influencia de los mendicantes en la cura de almas
Lo esencialmente nuevo que aportaban las órdenes mendicantes, no era en realidad la pobreza personal de los miembros individuales. Todas las órdenes anteriores habían observado una vida rigurosamente austera con renuncia a la propiedad privada, y en ello se habían distinguido, no hacía mucho, los cistercienses.
Lo nuevo consistía en que tampoco el convento debía poseer nada. El convento de los mendicantes no es ya una abadía con bosques, pesquerías, campos de labor, colonos y aparceros, sino un asilo que sólo proporciona el mínimo de cosas indispensables para la vida: unas celdas en torno a una iglesia, acaso un pequeño huerto, y nada más. Para los mendicantes, la patria ya no es el monasterio, sino la orden. Desaparece aquella estabilidad, aquel enraizamiento en el suelo, que desde san Benito había constituido la base de la vida monástica. Pero esto sólo era posible a condición de que los miembros redujeran también al mínimo sus necesidades personales.
De este modo vino a la luz el tipo de orden que mejor respondía a las exigencias de la nueva ordenación social que ya se anunciaba. Los mendicantes no vivían ya entre la gente como unos señores espirituales, análogos a los feudales, sino como unos hermanos que convivían con sus iguales. Practicaban la cura de almas, no valiéndose de unos derechos, sino en virtud de una confianza mutua. Los hombres no tenían que ir a ellos, sino que eran ellos los que iban a los hombres. De ahí que desde un principio la predicación ocupe en estas órdenes un lugar tan destacado: su
propósito no es forzar, sino convencer, enseñar. De ahí también la multiplicidad de los medios empleados en el ministerio pastoral.
Los mendicantes se aproximan a los campesinos, a los niños, a los soldados, a los presos, a los herejes y paganos. De este modo empieza con ellos un capítulo totalmente nuevo en la historia del ministerio pastoral. Hasta entonces el pastor de almas había inspirado respeto, acaso también temor; ahora se le ama.
Uno de los principales instrumentos de que se valieron los mendicantes para la cura de almas fueron las llamadas órdenes terceras para seglares, con las que, en la Iglesia, empieza propiamente la historia de las asociaciones religiosas, sin las cuales hoy no podemos imaginar siquiera una acción pastoral eficaz. Las órdenes terceras fueron para los seglares una escuela de santidad. Entre los primeros terciarios franciscanos figuran santa Isabel de Turingia y el rey de Francia san Luis. Hoy los terciarios seglares se cuentan por millones.
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