La dieta del Dr. Dukan

 

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La situación religiosa a principios del siglo XIII

 

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El siglo XI había sido, todo él, una época de gran progreso religioso. Una serie de hábiles pontífices, a pesar de no haberse remediado la impotencia política del papado, habían elevado su prestigio hasta una altura jamás alcanzada hasta entonces. La naciente escolástica llevaba consigo, no sólo un gran avance de la ciencia eclesiástica, sino también un ahondamiento y enriquecimiento de la intimidad religiosa sin ejemplos en el pasado. Oleada tras oleada, se sucedían las fundaciones de órdenes. Las cruzadas habían despertado un afán de actividad religiosa desconocido hasta entonces. Como ocurre siempre en tales períodos de elevada tensión espiritual, no faltaron tampoco las crisis.

 

Como había de ocurrir más tarde, en la época de la reforma, junto a lo sano había mucho de morboso, y la luz alternaba con la sombra. Las exaltadas ideas de Joaquín de Fiore († 1202) se difundían entre la gente piadosa con el carácter de una doctrina secreta. Casi por primera vez en la historia eclesiástica, aparecieron turbios movimientos multitudinarios, corrientes espiritualísticas que de un modo más o menos consciente intentaban substraerse a la autoridad de la Iglesia. La lamentable cruzada infantil de 1212 y más tarde las procesiones de flagelantes, son sólo algunos ejemplos, particularmente chocantes, de una insana sugestión de masas.


Todo ello iba de la mano con los inicios de un profundo cambio en las condiciones sociales de Europa. El número de habitantes de la Europa cristiana en el siglo XIII había ya rebasado los treinta millones. En los siglos anteriores, apenas si el «pueblo» había tenido ocasión de manifestarse. Ahora, en cambio, oímos hablar de movimientos populares, de masas. Antes del siglo XII apenas había aún ciudades dignas de este nombre. Ahora aparecían por doquier, primero en Italia, luego en Alemania y Francia, y con ellas surgía una nueva cultura secular. El antiguo feudalismo empezaba a conocer límites a su poder. El señor feudal, el terrateniente, no se enfrentaba ahora sólo con vasallos, sino con un pueblo. Se inicia una especie de lucha de clases, en la que no faltaban movimientos subterráneos que hoy designaríamos como socialistas.

 

Mas como la vida estaba aún totalmente impregnada de espíritu religioso, también estos movimientos subterráneos aparecían revestidos de atuendo religioso, presentándose como sectas o como herejías. Sólo que no eran ya herejías de teólogos que discutieran determinados puntos doctrinales o que hubieran chocado contra la autoridad eclesiástica, sino corrientes populares desprovistas de contenido dogmático, animadas de un turbio entusiasmo religioso.


Un ejemplo típico lo dan los «Pobres de Lyon», que empezaron siendo una especie de orden fundada por el comerciante lyonés Valdo, del que más tarde recibieron el nombre de valdenses. En 1176, con ocasión de un período de hambre, Valdo repartió su fortuna entre los pobres, y se puso en camino como predicador ambulante junto con un séquito de hombres y mujeres para exhortar a la gente a volver al cristianismo primitivo. Los «perfectos» entre los valdenses hacían los tres votos de pobreza, castidad y obediencia; los seglares celebraban la eucaristía.


Más peligrosos eran, por su mayor difusión y también por su más franco apartamiento de la fe católica, los cátaros o albigenses, llamados así por la ciudad de Albi, en el sur de Francia. El nombre de «cátaros» o «puros» se lo habían dado ya a sí mismos los novacianos en el siglo III. Pero los albigenses no procedían de éstos, sino más bien de los maniqueos, aunque es difícil demostrar la existencia de una conexión entre ellos, ya que en semejantes sectas secretas reaparecen siempre los mismos fenómenos.

 

Los albigenses no reconocían una Iglesia visible, rechazaban toda autoridad espiritual y temporal y no admitían ni la guerra ni la pena de muerte. Sólo tenían un sacramento, el bautismo del espíritu, el consolamentum, que por lo demás sólo recibían los «perfectos», los cuales quedaban obligados después de su recepción a llevar una vida rigurosa­mente ascética. Los restantes sólo recibían el consolamentum en la hora de la muerte. A principios del siglo XIII los albigenses llegaron a constituir un serio peligro para la Iglesia y el Estado. Inocencio III invitó al rey de Francia a empezar una cruzada contra ellos. La cruzada degeneró en una encarnizada guerra, llevada por ambos lados con horrible crueldad.

 

Fuera de Francia podían también observarse movimientos análogos en muchos lugares; todo parecía anunciar la inminencia de una crisis. Eran como sacudidas sísmicas, precursoras de una erupción volcánica. Si no se llegó a una explosión de incalculables consecuencias, fue gracias a la aparición de providenciales personalidades que supieron canalizar por vías sanas y conformes a la disciplina eclesiástica el nuevo espíritu que había hecho presa en el pueblo: los fundadores de las órdenes mendicantes, presididos por san Francisco de Asís.

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