La dieta del Dr. Dukan

 

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Los cistercienses

 

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La historia de la vida monástica no fluye uniformemente, como un río tranquilo, sino que más bien procede a empellones, como en las periódicas inundaciones del Nilo en Egipto, patria del monacato. Se explica este fenómeno porque la personalidad desempeña aquí un importantísimo papel, como en ninguna otra esfera de la vida eclesiástica. La historia de las órdenes religiosas es la historia de los grandes fundadores y de los grandes reformadores. No es que cada nueva oleada desaloje a la anterior, al contrario: casi todas las grandes órdenes han conservado perpetuamente su especial cometido dentro de la Iglesia, aun después de haber pasado su época de esplendor.


Oleadas de éstas o, como antes decíamos, nuevas voces en el coro, fueron Cluny, la Camáldula y los canónigos regulares. A partir de ellas, en los siglos XII y XIII, se sucedieron los movimientos, oleada tras oleada, muchos de ellos casi simultáneamente. Los primeros fueron los cistercienses.


A fines del siglo XI estaba Cluny en el apogeo de su poder. No poder en el sentido de dominio o imperialismo, sino que Cluny venía a ejercer una especie de monopolio religioso dentro de la Iglesia. Cinco cluniacenses ocuparon sucesivamente la silla de san Pedro. Apenas había monasterios que observaran prácticas distintas de las cluniacenses. La reacción no podía hacerse esperar. No es que Cluny hubiera degenerado, pero era demasiado unilateral. Era una de las formas ideales de la vida monástica, pero no la forma ideal. Así, a fin de siglo, aparecieron casi simultáneamente monasterios que seguían otros caminos que los marcados por Cluny: en Francia Fontévrault, cerca de Poitiers; Savigny en Normandía, en Italia Montevergine y Pulsano.

 

Uno de estos cenobios era el de Cistercium o Cîteaux, fundado en 1098 cerca de Dijon. Sus comienzos fueron modestos. En el año 1111 una parte de los monjes cayó víctima de una epidemia, y el abad, un inglés llamado Esteban Harding, pensó en la conveniencia de abandonar el monasterio. Pero al año siguiente ingresó como novicio el joven noble borgoñés Bernardo, con treinta compañeros. Desde entonces la corriente de nuevos adeptos ya no cesó. Ya en 1113 se fundó la primera filial, la Ferté; en 1114 Pontigny; en 1115 Clairvaux (Claraval), que fue confiada al joven Bernardo (no tenía más que veinticinco años) en calidad de abad. En el capítulo general de 1119, Bernardo y Esteban Harding elaboraron los estatutos de la nueva orden, que llamaron la carta caritatis, «la constitución del amor». Fueron inmediatamente confirmados oralmente por Calixto II y más tarde en forma definitiva y solemne por Eugenio III, cisterciense.


Las características de la orden cisterciense eran: rigurosa conducta de la vida y pobreza del monje singular; sencillez también en las iglesias. A las antiguas iglesias cistercienses se las conoce aún hoy por el coro cuadrangular en lugar del rosario de capillas, y en la falta de campanario. Ni siquiera debían tener ventanas adornadas. Pero el monasterio poseía fincas agrícolas, que los propios monjes trabajaban. Los cistercienses desempeñaron un gran papel en la agricultura medieval. A ellos se debe la puesta en valor de muchos distritos de la Europa central y oriental. Nombres como Zistersdorf («aldea del Cister») lo recuerdan aún hoy. La organización de la orden estaba basada, al estilo benedictino, sobre la abadía autónoma y vinculada al suelo. Una novedad consistía en que los abades debían reunirse anualmente en un capítulo general, y también el abad de Cîteaux enviaba todos los años visitadores que luego presentaban sus informes al capítulo. Esta medida se reveló tan saludable, que el concilio de Letrán de 1215 la prescribió a todas las demás órdenes. La piedad de los cistercienses se distinguía sobre todo por su devoción a María. Todas sus iglesias estaban dedicadas a la Virgen.


La expansión de la orden del Cister procedió con extraordinaria rapidez. Hasta 1350 surgieron más de seiscientas abadías, además de las que ya existían antes y adoptaron la nueva regla. Además de Francia y Alemania, uno de los países en que más se difundió fue Irlanda, donde fue introducida por san Malaquías, arzobispo de Armagh y amigo de san Bernardo († 1148 en Clairvaux). En Alemania los cistercienses se jactaban de poder viajar por todo el reino sin tener que alojarse en un albergue extraño. Una de las principales razones del prestigio y rápida difusión de la orden fue, además de la excelencia de sus estatutos, la poderosa personalidad de san Bernardo.


San Bernardo personifica la Edad Media y el espíritu nacional francés en lo que ambos tienen de mejor. En sus escritos había una
profunda piedad, una heroica entrega a los más altos ideales, agudeza de pensamiento y amplitud de horizontes. El latín de san Bernardo lo es todo menos una lengua muerta. No es el lenguaje de Cicerón, pero sí un medio de expresión extraordinariamente vivo, chispeante de espíritu e ingenio, y siempre armonioso y musical.

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