Los dominicos
Completamente distinta de la de san Francisco es la figura del otro gran fundador del siglo XIII, santo Domingo de Guzmán. No ha alcanzado, ni de lejos, la popularidad del Pobrecillo de Asís, pero no es inferior su obra, dentro de la historia de la Iglesia.
Domingo nació en 1170 en Caleruega, Castilla la Vieja. Estudió Teología en la escuela de Palencia, que pronto había de obtener rango de universidad, y en 1195 fue nombrado canónigo en Osma. En 1201 llevó a cabo, junto con el obispo, la conversión del capítulo catedralicio en una congregación de canónigos regulares según la regla de san Agustín. Luego acompañó a su obispo en un viaje al sur de Francia, donde entonces hacía estragos la guerra de los albigenses.
Domingo se quedó allí, empezó a predicar y pronto se convenció de que no era mucho lo que se había ganado con la derrota militar de los rebeldes herejes. Determinó, pues, fundar una orden especial de maestros predicadores, para la cual encontró un decidido protector en el arzobispo de Tolosa, Fulco, que era cisterciense. Con él asistió en 1215 al cuarto concilio de Letrán, en Roma. Inocencio III aprobó su plan, pero recomendando se adoptara una de las reglas ya aprobadas.
Santo Domingo eligió la regla que hasta entonces había observado, la de san Agustín, añadiéndole constituciones inspiradas en muchos puntos en las de los premonstratenses, que eran también canónigos regulares. Obtuvo la confirmación definitiva en 1216, de Honorio III. El primer convento de la orden fue la iglesia de san Román, en Tolosa, cedida por el arzobispo Fulco. No tardaron en añadírsele otros. Santo Domingo murió en Bolonia en 1221. La labor organizadora fue terminada por su sucesor, el gran Jordán de Sajonia.
Las constituciones de la orden de los dominicos han sido siempre admiradas con razón, y sirvieron de modelo para todas las fundaciones posteriores, especialmente para la de san Ignacio de Loyola. Los dominicos fueron la primera orden gobernada según un régimen centralizado. El poder legislativo radica en el capítulo general, mientras el ejecutivo está en manos del maestro general. Se hace un especial hincapié en la obediencia que es prestada al maestro general, como único voto que abarca a todos los demás deberes de la orden.
Los dominicos no fueron tan radicales como los franciscanos en cuanto a pobreza y ascetismo. El fin que preside toda su actividad es el ministerio pastoral, la enseñanza de la doctrina y la predicación. Desde un principio fueron una orden de sacerdotes y dedicaron especial atención al estudio, como base para su predicación al pueblo. Aún en vida de santo Domingo (1218) empezaron los dominicos a enseñar en la universidad de París, donde alcanzaron la cumbre de su prestigio con san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino. Por su sólida preparación teológica Gregorio IX los creyó particularmente apropiados para hacerse cargo del tribunal de la fe, la inquisición, que era entonces una necesidad en las regiones infestadas de herejía, como el sur de Francia y el norte de Italia. En lo sucesivo los dominicos se ganaron muchos enemigos con la actividad como inquisidores, pero no puede negarse que contribuyeron a mantener la pureza de la fe.
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