San Francisco de Asís
Sobre la vida de san Francisco de Asís estamos mejor informados que sobre la de la mayor parte de los santos medievales. Nació en 1182 en Asís, hijo de un rico comerciante. Recibió una buena educación. Poco a poco fue abrazando la vida piadosa: en 1206 renunció a la herencia y emprendió una especie de vida eremítica. Aunque seglar, a partir de 1208 actuó públicamente como predicador penitencial, y empezaron a unírsele los primeros compañeros. Hasta este momento su vida había discurrido según cauces análogos a la de Valdo y otros iluminados contemporáneos.
Pero Francisco no era un soñador enemigo de la Iglesia. Se trasladó a Roma y fue presentado al papa Inocencio III por el cardenal benedictino Juan Colonna. Aquel gran papa le dio oralmente permiso para continuar sus predicaciones, aceptó sus votos de obediencia y le concedió la tonsura como símbolo del estado clerical. Desde ese momento no cesaron de afluir adeptos, de las más variadas procedencias. El día de pentecostés de 1219 se celebró en Asís un capítulo que dio una especie de organización a la naciente orden. Se nombraron ministros provinciales y se enviaron los primeros grupos a los países extranjeros.
La expedición a Marruecos terminó con el martirio de los cinco primeros misioneros, cuyos cadáveres fueron transportados a Portugal. El hecho produjo tal impresión sobre el joven canónigo de Coimbra, Femando, que sin perder momento se dirigió a Italia y se reunió con san Francisco. Recibió el nombre de Antonio y bajo el de Antonio de Padua ha sido hasta hoy uno de los más venerados santos de la Iglesia.
Al capítulo de pentecostés de 1220 asistió el cardenal Hugolino, el futuro Gregorio IX, que desde entonces fue el gran protector de san Francisco y su orden. A propósito de la organización surgieron diferencias de criterio: los ministros provinciales deseaban una legislación más enérgica. Francisco llevaba ya algún tiempo mal de salud, y su vista sobre todo se iba debilitando progresivamente. En consecuencia, renunció a dirigir la orden e hizo elegir un vicario.
Sin embargo, obedeciendo a los deseos del capítulo, se encargó de redactar la regla. Al año siguiente, en 1221, los hermanos asistentes al capítulo eran ya cerca de tres mil. Como tuvieron que acampar al aire libre, la asamblea es conocida en la historia de la orden con el nombre de «capítulo de las esteras». En el monte La Verna, cerca de Arezzo, a cuyas soledades se había retirado Francisco, recibió éste los estigmas el 14 de septiembre de 1224. Su enfermedad se fue agravando, y el 3 de octubre de 1226 murió en el convento de la Porciúncula, en Asís, a los 44 años de edad.
Sobre la personalidad de San Francisco circulan muchas ideas erróneas. No era ni un iluso entusiástico ni un niño soñador que jugara con florecillas y rayos de sol. Era, al contrario, en todos los aspectos un hombre de cuerpo entero, sencillo, natural, sensato. No era un teólogo, pero poseía la fe sana y acendrada del pueblo católico. Era persona de pocas palabras y muy modesto. No tenía celos de que otros colaboraran en su fundación. En algunas de las anécdotas transmitidas aparece como un soñador carente de sentido práctico, pero en realidad era un hombre inteligente y cauto, un realista. Se entendió bien con las autoridades eclesiásticas.
Era muy riguroso en sus exigencias ascéticas, tanto en las que se imponía a sí mismo como en las que exigía de sus discípulos, sobre todo en lo que toca a la pobreza. Pero no era un espíritu triste y obscuro, sino iluminado de bondad y mansedumbre, aunque no poseyera el ingenio chispeante o la gracia de un san Felipe Neri o un san Juan Bosco. A despecho de no ser ni un jurista ni un organizador, el movimiento popular que él despertó a la vida —pues se trataba de un auténtico movimiento del pueblo— nada tiene del desenfrenado entusiasmo de masas que caracteriza a tantos fundadores de religiones no cristianas.
Este hombre modesto, de escasa apariencia física, cuenta sin duda alguna entre las más grandes personalidades de la historia universal. Se encuentra en él un grado de aproximación y vinculación a Dios, como nadie o muy pocos antes de él alcanzaron. Casi todos los santos tienen sus adversarios: los tuvieron en vida y siguen teniéndolos después. Pero hasta hoy no ha aparecido ningún enemigo de san Francisco. No todos lo comprenden, pero todo el mundo le ama, incluso los no católicos.
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