Anagni
Felipe se decidió a dar un golpe de estado, y para prepararlo envió a Italia a su canciller Guillermo de Nogaret. El papa residía en Anagni, que era donde habitualmente tenía su corte. Completamente ajeno a lo que le aguardaba, estaba redactando una nueva bula en la que había de declararse la excomunión y deposición de Felipe. No le dieron tiempo a terminarla: el 7 de septiembre de 1303, Nogaret, junto con Sciarra Colonna y seiscientos armados, cayó sobre la indefensa ciudad. El septuagenario papa aguardó a sus agresores revestido de todo el atuendo pontificio y con la cruz en la mano, dando como única contestación a sus insultos: «Tomad mi cuello, tomad mi cabeza».
De todos modos, el golpe había sido pésimamente preparado. Nogaret no sabía qué hacer con el papa y por otra parte, disponía de muy poca gente. El 9 de septiembre se levantaron los ciudadanos de Anagni y expulsaron a Nogaret y Sciarra Colonna. El papa, liberado, fue conducido a Roma con todos los honores por una tropa de cuatrocientos caballeros romanos; pero a los pocos días, el 11 de octubre, falleció en la ciudad, de resultas de las emociones sufridas.
El golpe de mano de Anagni fue, sin duda alguna, un sacrilegio y un crimen. Pero no es el único, ni el mayor, de los que la Iglesia ha tenido que sufrir antes y después. Sin embargo, el atentado de Anagni pertenece al número de aquellos sucesos que, rebasando ampliamente la ocasión que les dio pie, han pasado a la historia con categoría de símbolos. Es como el
Edicto de Milán: antes de Constantino había habido ya edictos favorables a los cristianos, como después de Constantino hubo aún persecuciones; a pesar de todo, el edicto de 313 cierra un período y abre otro.
Sería, sin embargo, erróneo interpretar el símbolo de Anagni como expresión del fin del poderío medieval de los papas, del ocaso de su supremacía política sobre la cristiandad. Así lo hacen muchos historiadores, sin querer reconocer que semejante poderío no lo tuvieron jamás los papas en la Edad Media. En cualquier momento del medioevo, incluso en tiempo de Inocencio III, hubiera sido posible sorprender al papa con una tropa de seiscientos hombres decididos y hacerlo prisionero.
Lo que en Anagni recibió un golpe de muerte, no fue el poder político de los papas, y no digamos el militar, que siempre había sido poco menos que nulo, sino su prestigio moral. Que pudiera cometerse tamaño desafuero, y aun más, el hecho de que quedara impune, demuestra que la actitud de los gobernantes frente a la religión estaba empezando a sufrir un cambio radical. En lugar de concebirla como una tarea común, en la que ellos debían colaborar como todos los demás creyentes, la tomaban como un simple factor que intervenía, como uno de tantos, en sus cálculos políticos.
En este sentido puede decirse que el episodio de Anagni señala, en la historia eclesiástica, el fin de la Edad Media. Podría preguntarse quién tuvo la culpa, no de Anagni, pues allí los únicos culpables fueron Felipe y Nogaret, sino de la derrota moral del papado.
Sin duda alguna, no es posible exonerar del todo a Bonifacio VIII. Con todo su riguroso sentido jurídico, no supo nunca conferir a sus actos aquella fuerza de persuasión que deben tener las acciones de un papa. Gregorio VII había aparecido ante los ojos de la cristiandad como el defensor de los derechos de la Iglesia, y lo mismo puede decirse de los papas que habían luchado contra los Hohenstaufen.
Pero Bonifacio VIII acababa apareciendo siempre como el agresor. No hubiera podido decir, como san Gregorio VII: «He amado la justicia, por esto muero en el exilio»; ni tampoco, como más tarde Pío IX: Non possumus.