La aproximación a Francia
La lucha con Federico II
La obra interior de Inocencio III fue continuada por sus sucesores, Honorio III (Savelli, 1216-1227) y Gregorio IX (1227-1241). Gregorio IX, sobrino de Inocencio III, siendo cardenal Ugolino había estimulado y protegido con todas sus fuerzas a san Francisco y a la orden por él fundada. Su nombre como papa ha quedado inmortalizado por la primera codificación del derecho canónico en 1234. En política, ambos papas estuvieron en continuos rozamientos con Federico II (1212-1250).
La personalidad de este monarca ha sido objeto, desde un principio, de los más enconados juicios. Federico II era, como todos los Staufer, hombre de brillantes dotes; tenía la arrogancia de su abuelo Barbarroja, pero sin su espíritu caballeresco, era disoluto y pérfido, y en cuanto a religión hacía gala de una indiferencia totalmente inaudita en la Edad Media. Algunos ven en él a un precursor del Renacimiento e incluso de la Ilustración. Gobernó bien a Sicilia, pero el imperio alemán halló en él a su sepulturero. Como ocurre siempre en conflictos de tal duración, acaso no sea fácil aprobar todos y cada uno de los actos que contra el emperador realizaron los papas, pero la mayor culpa estuvo, sin comparación posible, del lado de Federico.
Federico II no tenía la menor intención de desvincular la corona siciliana de la alemana, como había jurado hacer cuando aún necesitaba el apoyo del papa. Cuán certeramente habían apreciado la situación Celestino III e Inocencio III, al intentar evitar esta unión en interés de la Iglesia, lo demostraron cumplidamente los hechos. La que más tuvo que sufrir fue Italia, desgarrada por las luchas de banderías de güelfos y gibelinos, o sea, de los partidos anti y pro Staufer.
El sucesor de Gregorio IX, Inocencio IV (Fiesco, 1243-1254), para huir de Federico se refugió en Lyon, donde residió desde 1244 hasta 1251. En el decimotercero concilio ecuménico de Lyon (1245) volvió a dictar el entredicho eclesiástico contra Federico. Al morir éste en 1250 en Fiorentino, Apulia, el arzobispo de Palermo lo absolvió, y su testamento demuestra que al final se arrepintió de su conducta y deseaba repararla. En Alemania ya nadie se preocupaba del emperador, que casi nunca se dejaba ver por allí, y se eligieron otros reyes, aunque apenas desempeñaron ningún papel.
El hijo de Federico, Conrado IV, al no poder imponerse en Alemania, a la muerte de su padre se dirigió apresuradamente a Italia, para salvar al menos la herencia de Sicilia. Pero falleció en 1254, en Lavello. La dignidad real alemana pervivió sólo como un mero título, y el tiempo
transcurrido hasta la elección de Rodolfo de Habsburgo, en 1273, es designado como un interregno. En Sicñia reinaba el excomulgado Manfredo, hijo natural de Federico II.
A Inocencio IV siguió Alejandro IV (1254-1261), de la familia de los Conti de Segni, a la que había pertenecido ya Inocencio III y Gregorio IX. Cuando en 1261 murió en Viterbo, fue elegido allí mismo el francés Urbano IV (1261-1264), cuyo breve pontificado significó un momento crucial en la historia del papado y en la política europea. Dada la inseguridad que prevalecía en Roma, el papa no estuvo nunca allí, sino que residió en Viterbo, Orvieto y Perusa.
Para poner remedio a la desesperada situación de Italia, llamó al hermano de Luis el santo de Francia, al no tan santo Carlos de Anjou, prometiéndole darle en feudo el reino de Nápoles y Sicilia. Urbano IV no vivió lo bastante para cumplir su promesa, pero el paso decisivo estaba dado: el definitivo apartamiento de los reyes alemanes, que de tutores del papa se habían convertido en sus enemigos, y la aproximación a Francia, la gran potencia que entonces surgía en Europa, mejor dicho, la única que había en el continente.
Francia
La hegemonía desempeñada en aquel momento por Francia en el continente, se expresa ya en las cifras de su demografía. En el siglo XIII Italia tenía de cinco a seis millones de habitantes, de los cuales un millón escaso correspondían a Nápoles y Sicilia; Alemania vendría a tener unos ocho millones, Inglaterra, dos, España, en su mayor parte liberada ya de los moros, de cinco a seis; Francia, en cambio, contaba catorce millones de habitantes.
El centro intelectual de la cristiandad era la universidad de París. El estilo gótico había nacido en Francia, difundiéndose a partir de ella. Antes de la aparición del mercantilismo, Francia constituía también el centro económico de Europa. A mayor abundamiento, en el siglo XIII Francia había gozado de un monarca ideal, Luis IX el Santo (1226-1270): es verdad que no en todas sus empresas políticas le sonrió la suerte, pero su personalidad prestaba a la corona y a la nación francesa una aureola religiosa, cuyo brillo quedaba aún realzado por comparación con el soberano que en aquel tiempo ostentaba el título de rey de Alemania, Federico II.
Urbano IV consumó el acercamiento a Francia con toda conciencia. Designó a un gran número de cardenales franceses, lo que tuvo por resultado que hubiera también muchos franceses entre los papas que le sucedieron. El primero de ellos, Clemente IV (1265-1268), Foulquois le Gros, que en sus tiempos de seglar había sido miembro del consejo de Luis IX, coronó a Carlos de Anjou como rey de Nápoles y Sicilia. Manfredo cayó en la batalla de Benevento, luchando contra Carlos (1266).