La dieta del Dr. Dukan

 

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Barbarroja

 

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La dinastía de los Hohenstaufen ha recibido de la historiografía posterior una especie de halo poético que, juzgada desde el punto de vista alemán, está muy lejos de merecer. En lugar de entregarse a las grandes tareas culturales y a las posibilidades que el Este ofrecía al pueblo alemán, empeñaron todas sus fuerzas en hacerse dueños de Italia, un propósito que las circunstancias de entonces hacían de todo punto irrealizable.

 

El conflicto entre Barbarroja y el más poderoso de sus vasallos, el duque güelfo Enrique el León, no fue otra cosa que un conflicto entre dos políticas alemanas: la oriental y la meridional. Venció Barbarroja. No puede negarse que Federico Barbarroja fue una figura caballeresca de pies a cabeza. Pero se advertía ya en él aquella veleidad y aquel desequilibrio de carácter, unido con un exagerado concepto de sí mismo, que más tarde se habían de repetir con tan funestos efectos en su nieto Federico II.

 

Los papas no tenían el menor interés en debilitar al emperador y al Imperio; muy al contrario, esperaban de ellos ayuda y protección. Mas, por otra parte, tampoco tenían intención de sometérseles, sin más ni más. Se añadía a esto que casi todos los papas con que tuvieron que tratar los Hohenstaufen, fueron hombres extraordinariamente capaces.

 

De acuerdo con el tratado de Constanza, en 1155 Barbarroja entró en Italia, puso fin a la república romana y recibió la corona imperial. Era papa Adriano IV (1154-1159), que es hasta hoy el único inglés que ha subido a la Silla de san Pedro. El caudillo de la república romana era, desde 1147, el clérigo Arnoldo de Brescia. Este fue ajusticiado como rebelde.

 

El historiador Gregorovio hace empezar con él la serie de los mártires de la libertad que han muerto en la hoguera, pero cuyo espíritu resurge de las cenizas como el ave Fénix. La inexactitud de esta afirmación (aparte de que Arnoldo no fue quemado, sino ahorcado) reposa en un craso des­conocimiento de la historia italiana. Amoldo de Brescia fue más bien uno de tantos políticos italianos de campanario, que con medios insuficientes organizaban por todas partes revoluciones para restaurar la libertad, con lo cual impidieron durante siglos que Italia gozara de una vida política sana y viable.


Ya en el primer encuentro con el papa, Barbarroja dio muestras de su enfermiza susceptibilidad, al negarse a tener de la brida el caballo del pontífice. Para que se aviniera a razones, fue necesario que los de su séquito le hicieran ver que esto no era más que un detalle del ceremonial acostumbrado, y que no implicaba humillación alguna. Semejantes minucias han desempeñado a menudo un gran papel en la historia, pues ésta no es obra de principios abstractos, sino de hombres vivientes.

 

Calcúlese cuál sería la reacción de Federico cuando en una carta del papa leyó que éste le había conferido la corona imperial y muchos otros «beneficios». El emperador entendió por beneficium el vasallaje feudal, y el papa tuvo que apresurarse a explicarle que con este término quería sólo recordarle los favores o buenos servicios que le había prestado. La susceptibilidad de Federico era atizada por su canciller Rainaldo de Dassel, que en 1159 fue nombrado arzobispo de Colonia.


Un conflicto con la ciudad de Milán volvió a traer a Italia al emperador en 1158. Milán fue destruida. En un Reichstag celebrado en los «campos roncálicos» junto a Plasencia, Federico exigió de los obispos italianos que le prestaran juramento de fidelidad, y emitió decretos de tipo cesaropapista. Adriano IV, que previamente había tomado la precaución de aliarse con el rey Guillermo I de Sicilia, consideró la conveniencia de excomulgar al emperador, pero en 1159 le sorprendió la muerte en Anagni.

 

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