La bula «unam sanctam»
Entonces Bonifacio VIII publicó la bula Unam Sanctam, en la que explicaba la antigua imagen de las dos espadas, la espiritual y la temporal. La espada espiritual debe estar en manos de la Iglesia, y la temporal debe manejarse en servicio de la Iglesia. La bula culmina en la frase: «Declaramos y definimos que a todo hombre es necesario para la salvación estar sometido (subesse) al papa».
Huelga decir que esta sentencia, rectamente entendida, no hace sino formular la tradicional doctrina, desde siempre y aún hoy firmemente mantenida por la Iglesia, de que el papa es el representante de Cristo y, por consiguiente, todos los cristianos le deben subordinación, aunque sean príncipes. Pero en aquel momento, y formulada en términos tan tajantes, podía hacer pensar que el papa reclamaba una directa potestad de gobierno sobre la nación francesa.
Felipe sacó partido de la imprudencia del papa para presentarse como la parte injustamente atacada. Propuso que el papa fuera depuesto, y apeló a un concilio ecuménico y al pontífice siguiente. Para preparar mejor los espíritus, en el parlamento de París formuló las más descabelladas acusaciones contra Bonifacio: era un simoníaco y un hereje; negaba que los franceses tuvieran un alma inmortal, pues se le había oído decir que antes que francés hubiera preferido ser perro; era culpable de la muerte de Celestino V; se ocupaba de hechicería y tenía a su lado un demonio familiar.
Naturalmente que no todo el mundo daba fe a tales monstruosidades, ni siquiera en Francia; pero Bonifacio había conseguido crearse enemigos en todas partes, y esto era lo que hacía particularmente peligrosa semejante campaña de calumnias.
En el año 1296 Bonifacio había excomulgado al rey Federico III, hijo y sucesor de Pedro III de Aragón y Sicilia, atrayéndose así el odio de los gibelinos italianos, que consideraban a los aragoneses como herederos de los Staufer. Con los «espirituales» franciscanos, la ruptura había sido, desde un principio, total.
Pertenecía a este partido la poderosa familia de los Colonna, que entonces tenía dos cardenales, Jacobo y Pedro. El cardenal Jacobo Colonna era un hombre piadoso de inclinaciones místicas; una de sus hermanas había sido la beata Margarita Colonna, fallecida en 1280 como religiosa clarisa. En 1297, en un audaz golpe de mano, Esteban Colonna se apoderó de la caja papal.
Bonifacio emplazó ante su tribunal a la familia entera, incluso a los dos cardenales, e hizo predicar una cruzada contra los Colonna: a tal extremo de degradación había descendido el ideal de las cruzadas. Palestrina, la principal fortaleza de los Colonna, fue conquistada y destruida, y se confiscaron los bienes que la familia poseía en el Lacio. Otra enorme imprudencia de Bonifacio VIII consistió en distribuir estos bienes entre sus propios sobrinos, los Gaetani. Los Colonna huyeron a Francia e hicieron causa común con Felipe el Hermoso.