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La cruzada contra Constantinopla

 

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El gran papa Inocencio III puso en pie una nueva cruzada. La república de Venecia estaba dispuesta a suministrar la flota. Mientras los caballeros, que esta vez procedían casi todos de Francia, se congregaban en Venecia, apareció en la ciudad el joven emperador Alejo, huido de Constantinopla en 1201, y solicitó el auxilio de los cruzados. Con esto se dio un nuevo giro, no sólo a la cruzada sino a toda la política oriental de Europa.


Desde el siglo XI Venecia, Bizancio y los normandos rivalizaban por la hegemonía del Adriático. A los venecianos les interesaba, antes que nada, que no se les cerrara la salida del mar. Mientras Roberto Guiscardo y su hijo Bohemundo estuvieron intentando sentar firmemente el pie en el Epiro y Albania, Venecia fue aliada de Bizancio contra los normandos. Pero cuando en 1149 los bizantinos ocuparon Corfú e incluso Ancona en 1151, la república se alió con los normandos contra el Imperio de Oriente. Desde entonces los griegos profesaron a los venecianos un creciente aborrecimiento.

 

El emperador Manuel I, de la dinastía de los Comnenos, en 1171 hizo encarcelar a todos los venecianos que se encontraban en Constantinopla. Después de su muerte, ocurrida en 1180, su viuda María de Antioquía, oriunda de Occidente, que desempeñaba la regencia durante la minoridad de su hijo Alejo II, inició una política filoveneciana, y esto dio pie a que estallara una revolución, instigada por otro príncipe de los Comnenos, Andrónico.

 

Se dio muerte al joven emperador Alejo y a todos los venecianos, y Andrónico subió al trono en 1183. Sin embargo, en 1185 fue asesinado por su yerno Isaac Angelos. Isaac gobernó hasta el año 1195, en que, derribado por su hermano Alejo III, fue cegado y encarcelado. Su hijo Alejo IV consiguió en 1201 evadirse de la prisión en que le tenía su tío, y así fue como llegó a Venecia en el momento en que se estaban congregando allí los cruzados.

 

El dux Enrique Dandolo no dejó que se le escapara esta oportunidad única. Tenía en sus manos a los cruzados, y dirigió la flota contra Constantinopla. Por el camino tuvieron los cruzados que conquistar Zara para los venecianos. Constantinopla fue tomada en 1203, y Alejo IV fue instalado en el trono. Los griegos se rebelaron en seguida y le asesinaron; los cruzados volvieron a tomar Constantinopla y procedieron ya sin contemplaciones de ninguna clase. El Imperio bizantino fue convertido en un estado feudal a la manera de los occidentales y se proclamó emperador a Balduino, conde de Flandes, aunque su territorio se reducía a Constantinopla y algunas islas.

 

Se estableció además un reino en Salónica, ducados en Filipópolis y Atenas y un principado en Morea. Los venecianos se quedaron también con muchas posesiones. Fue creada una nueva jerarquía encabezada por un patriarca latino en Constantinopla, del que dependían veintidós arzobispados y cincuenta y ocho obispados. Inocencio III no estaba en absoluto de acuerdo con el giro que los venecianos habían dado a su cruzada, pero ante el hecho consumado aprobó la nueva ordenación eclesiástica.


Desde el punto de vista político, los resultados no eran tan despreciables como pudiera parecer. Era inútil entretenerse en plantear cuestiones de derecho, dada la irremediable situación del Imperio bizantino y la atroz conducta de los Comnenos. Una de las principales causas de que los cruzados no hubieran podido conservar Palestina, había sido la falta de una base. Esta base es la que hubiera podido suministrar el Imperio latino establecido en la península balcánica, de haber sido viable. Pero no le resultó, entre otras cosas porque la conquista no había sido completa.

 

Los Comnenos resistían en Epiro y en Trebisonda, donde continuaron ostentando el título imperial, y frente a Constantinopla surgió otro estado griego, Nicea, gobernado por Teodoro Láscaris, que también tomó el título de emperador. No había, pues, que hablar de establecer una línea de comunicaciones con Palestina; a mayor abundamiento, el Imperio franco languidecía por efecto de su economía feudal y de la incapacidad o minoridad de sus soberanos.
Inocencio III intentó aún poner en marcha una cruzada auténtica, pero murió antes de que en 1217 el rey de Hungría Andrés II y el duque de Austria, Leopoldo VI, llegaran a Acre.

 

Éstos no hicieron nada de provecho. Al año siguiente el rey titular de Jerusalén, Juan de Brienne, con el legado pontificio atacó a Egipto y conquistó el puerto, entonces muy importante, de Damieta. También ésta era una idea acertada, pues la historia enseña que a la larga el dominio de Palestina no puede mantenerse sin el de Egipto. No olvidemos que de Egipto había salido también Saladino. Sin embargo, la expedición acabó mal, cuando los egipcios perforaron los diques del Nilo e inundaron todas las tierras en torno a Damieta.

 

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