Las cruzadas
Si algo nos permite medir la distancia que nos separa espiritualmente de la Edad Media, son las Cruzadas. Nos resulta casi más fácil penetrar en la psicología del tiempo de las persecuciones que en la de las expediciones militares a Tierra Santa, a pesar de estar éstas casi mil años más cerca de nosotros. Nos conviene, pues, por razón precisamente de esta dificultad, aplicar una gran reserva a nuestro juicio, tanto en el elogio como en la censura.
El impulso externo para las cruzadas lo procuró la conquista de Jerusalén por los seljúcidas en el año 1070. Las peregrinaciones a los santos lugares de Palestina, que habían florecido especialmente en los siglos IV y V, no habían sido interrumpidas por la conquista árabe de aquel país en 637. Los turcos seljúcidas, que en el siglo XI acabaron con el imperio de los califas, en comparación con los antiguos árabes eran unos bárbaros y desde un principio mostraron ser mucho más hostiles a los cristianos que aquéllos. Conquistaron Bagdad y Mosul en 1055, extendieron luego sus dominios hacia Siria por un lado y hacia Armenia por el otro, en 1076 tomaron Damasco y desde 1080 tuvieron en sus manos casi toda el Asia Menor, constituyendo, una amenaza directa contra lo que restaba del Imperio romano y contra la propia ciudad de Constantinopla.
Ya Gregorio VII en 1074 había concebido el plan de convocar a toda la cristiandad, con inclusión de los bizantinos, para hacer la guerra a este peligroso enemigo. La lucha de las investiduras impidió entonces la realización de este plan. Urbano II, a instancias del emperador Alejo Comneno (1081-1118), volvió a tomar el proyecto en sus manos y en los sínodos de Plasencia y Clermont en 1095 consiguió despertar un encendido entusiasmo por la empresa, de cuyas dificultades seguramente nadie se daba cuenta. Todos los que prometieron su concurso adoptaron como
distintivo una cruz, que generalmente llevaban cosida sobre el hombro derecho, lo que les valió el nombre de cruciati, cruzados.
A los caballeros de los distintos países se les señaló, como punto de concentración, Constantinopla. Pero antes de que se congregaran apareció una figura no muy clara, Pedro de Amiens, que haciéndose pasar por un peregrino de Jerusalén sin jamás haber estado allí, reunió un ejército de campesinos franceses. La tropa pasó a Renania, donde recibió refuerzos, y por el momento ocuparon su celo de cruzados en perseguir a los judíos, lo que aportó un gran descrédito a la empresa. Una parte de estas indisciplinadas bandas llegó a Constantinopla, pero fue deshecha en cuanto tocó el suelo del Asia Menor.