Nápoles bajo los Anjou
Aun después de la derrota y muerte de Manfredo alentaba en Nápoles un partido favorable a los Staufer. Las promesas de este partido indujeron al último heredero de los Hohenstaufen, Conradino, hijo de Conrado IV, que contaba sólo quince años y había sido educado en Alemania, a emprender una arriesgada campaña en Italia. Carlos de Anjou venció, aunque no sin trabajos, al adolescente en la batalla de Tagliacozzo.
Conradino huyó, pero, hecho prisionero, fue llevado a Nápoles y ejecutado. Dada la íntima relación que en aquel tiempo había entre el rey de Nápoles y los papas, este crimen no contribuyó precisamente a incrementar el prestigio del papado; y menos aún el hecho de que Carlos indujera al papa Martín IV (1281-1285) a volver a excomulgar al emperador bizantino Miguel VIII, el que en 1274 había concertado en Lyon la unión con Gregorio X.
En el año 1282 ocurrió el sangriento levantamiento conocido con el nombre de «Vísperas sicilianas» contra Carlos de Anjou. El rey Pedro III de Aragón, yerno de Manfredo, reivindicó la herencia de los Hohenstaufen y se apoderó de la isla, que en lo sucesivo quedó separada del reino de Nápoles. Martín IV, juguete del rey de Nápoles, hizo predicar una cruzada contra Sicilia.
La dependencia de los papas con respecto a Nápoles se mantuvo durante el reinado del monarca siguiente, Carlos II (1285-1309). Este rey fue el que en 1294 decidió la elección del anacoreta Pedro, al cual indujo a establecer su corte en Nápoles. Pero Celestino V era un santo de veras, que se daba cuenta de su incapacidad como papa, y a los seis meses de pontificado, abdicó.
En la misma fortaleza napolitana de los Anjou, que aún hoy día subsiste, fue elegido en su lugar el cardenal Benito Gaetani, que adoptó el nombre de Bonifacio VIII. La escena política volvía a estar dominada por un papa enérgico, el cual, empero, fue también uno de los más desdichados que ha conocido la Iglesia.