La dieta del Dr. Dukan

 

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El papa, soberano feudal de Inglaterra

 

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Inocencio tuvo un fuerte choque con el rey Juan de Inglaterra, porque éste no quería admitir al arzobispo de Canterbury nombrado por el papa, Esteban Langton. Langton era profesor en París y es conocido en la ciencia bíblica por ser el introductor de la división en capítulos de la sagrada Escritura.

 

Al no ceder el rey, el papa fulminó el entredicho contra Inglaterra. El entredicho medieval implicaba que los fieles quedaban excluidos de determinadas ceremonias sagradas. Se suspendían todas las celebraciones eclesiásticas y el servicio divino público, y sólo se administraban los sacramentos a los moribundos. El rey intentó hacer uso de la fuerza para obligar el clero a la obediencia. Entonces el papa le declaró excomulgado y depuesto, y encargó la ejecución de la sentencia al rey de Francia (1212), que era el soberano del rey inglés por las posesiones que éste tenía en territorio continental.

 

Viéndose abandonado por los grandes de su reino, Juan se sometió al papa y, para no perder su corona, pasó por que el papa le devolviera, en feudo, sus tierras. De ahí su sobrenombre de Juan sin Tierra. En lo sucesivo el pontífice le protegió en sus conflictos con los barones. Cuando en 1215 éstos le forzaron a subscribir la Magna Charta, que sentó los cimientos de la futura constitución inglesa, Inocencio III dictó contra ellos penas eclesiásticas, e incluso contra Esteban Langton, que había hecho causa común con los barones.


Inocencio III había decidido la disputa sucesoria alemana y era soberano feudal de Sicilia e Inglaterra; en aquel tiempo Aragón, Portugal, Polonia, Hungría y Bulgaria estaban en una especie de relación feudal con la Santa Sede; el papa, pues, podía considerarse casi como emperador de Europa. Algunos historiadores profanos, sobre todo los alemanes en el siglo XIX, no encuentran términos para expresar su asombro ante tal estado de cosas.

 

Todas las historias hablan de Inocencio III como la culminación del poder político del papado. Lo curioso es ver compartida esta opinión por historiadores eclesiásticos católicos, de los que podría esperarse un juicio más certero sobre el papado y la sociedad medieval.


En realidad Inocencio III no fue más «poderoso» que los papas que le precedieron o sucedieron: Gregorio VII, Urbano II, Alejandro III, Bonifacio VIII. Sus recursos económicos y militares, de los cuales depende todo «poder», eran modestos, como siempre. Fue sólo una extraordinaria conjunción de circunstancias lo que le puso en situación de ejercer, simultáneamente y en muchos lugares, funciones, no de soberano, pero sí de suprema autoridad moral. Pero ésta había sido siempre la situación de los papas medievales, aunque jamás se hubiera manifestado en tal acumulación de casos.


Alguien podría preguntarse si semejante posición es de veras deseable para el papado y la Iglesia. Lo deseable y necesario es que el papa tenga la posibilidad de defender y representar los derechos de la Iglesia, y llegado el caso, apelar a la conciencia de los gobernantes; sería también conveniente que pudiera allanar por medio de un arbitraje pacífico diferencias que de otro modo sólo se resolverían por procedimientos violentos. No hay que desconocer, sin embargo, que el papel de árbitro permanente atraería contra el papa una cantidad de odios que sólo podrían redundar en perjuicio de la Iglesia. Tampoco posee el papa los recursos materiales necesarios para imponer su autoridad, cuando no es ésta reconocida de buen grado. Y así ocurría también en tiempo de Inocencio.


Los papas medievales, como también los posteriores, siempre se han esforzado en hacer valer su autoridad moral; ello se ha hecho en circunstancias cada vez distintas, y no siempre con la misma habilidad ni con el mismo resultado. Sería un error buscar el sentido de la historia en estos éxitos o fracasos que en gran parte dependen del azar, e imaginar en forma de pirámide la evolución del poderío papal, con un ascenso, una culminación y una decadencia. Es verdad que la historia gana así en dramatismo; mas lo que debe interesar no es el efecto artístico, sino la verdad.

 

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