La dieta del Dr. Dukan

 

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Los papas del siglo XII

 

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Los siglos XII y XIII, el tiempo que va de Gregorio VII y Urbano II a Bonifacio VIII, la época de las cruzadas, de los cistercienses, de las órdenes mendicantes y de la escolástica, fue en muchos aspectos para la Iglesia un período de florecimiento. No es, en cambio, exacto lo que muchas veces se dice: que éste fue el tiempo de mayor poderío de los papas. Es verdad que estos siglos conocieron papas dignísimos e incluso algunos muy capaces, pero estaban tan lejos de ser «poderosos» que, con frecuencia, pudieron a duras penas escapar de las manos de sus adversarios políticos.


El cisma de 1130


Tras la muerte de Calixto II, que con el concordato de Worms había puesto fin a la guerra de las investiduras, el papado estuvo en un tris de recaer en los tenebrosos días del siglo X. De nuevo se enfrentaban en Roma dos facciones familiares, la de los Frangipani y la de los Pierleoni. Los Pierleoni eran de origen judío, pero bautizados tres generaciones atrás. Ya en 1124 se produjo un cisma, mas los Frangipani lograron imponer a su papa, Honorio II. Muerto éste, los cardenales adictos a los Frangipani eligieron a toda prisa a Inocencio II, con sólo dieciséis votos, y unas horas más tarde los demás nombraron al cardenal Pierleoni, que tomó el nombre de Anacleto II, con veinticuatro votos.

 

Los romanos se declararon por el popular Pierleoni. Inocencio II huyó a Francia. Allí san Bernardo se declaró por él, alegando que aunque había sido elegido por la parte menor, ésta era en cambio la «más sana». Este principio de la sanior pars no dejaba de ofrecer sus reparos, pero era tan grande entonces el prestigio de san Bernardo, que Francia, Alemania e Inglaterra se declararon en favor de Inocencio II. El principal fautor de Anacleto II era el duque normando
Rogerio II, marido de su hermana Alberia. Anacleto confirió a este distinguido príncipe el título de rey de Sicilia.

 

Anacleto II murió en 1138, e Inocencio II, sobre cuya legitimidad no cabía ya duda, se puso en campaña contra Rogerio de Sicilia, pero cayó prisionero de éste, como antes le había ocurrido a León IX, y obtuvo la paz a cambio de reconocer el reino de Rogerio. En el último año de su pontificado los romanos se sublevaron contra él y proclamaron la república bajo el mando de Jordán Pierleoni, hermano de Anacleto II, en calidad de patricio. Los dos papas siguientes, Celestino II y Lucio II, reinaron muy poco tiempo y se esforzaron en vano en imponer su autoridad a la república romana. Dícese que Lucio II murió en el Capitolio de una pedrada.


Entonces los cardenales eligieron al santo cisterciense Bernardo Pignatelli de Pisa, abad de san Anastasio en Roma (Tre Fontane), que adoptó el nombre de Eugenio III. Había sido discípulo de san Bernardo, y éste escribió para él su famosa obra De consideraratione sui, una especie de «espejo de príncipes» religioso. Eugenio III salió de Roma inmediatamente después de su nombramiento y residió la mayor parte del tiempo en Francia.

 

En el último año de su pontificado (1153) concertó en Constanza un tratado con el joven rey de Alemania Federico Barbarroja: Federico se comprometía a ayudar al papa contra sus enemigos romanos y normandos y, a cambio, recibiría la corona imperial. Una vez más se ofrecía al rey alemán la oportunidad de aparecer como el protector de la Iglesia, lo cual hubiera podido ser ventajoso para ambas partes. En lugar de ello estalló un largo conflicto entre el emperador y el papa, que acarreó los peores perjuicios al Imperio alemán y acabó con una total transformación de la política europea.

 

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