Saladino
Si los estados cristianos se mantuvieron todavía en pie durante algún tiempo, fue sólo porque no les atacó ningún adversario poderoso. Pero no tardaron en hallarlo en la persona del gran Saladino, sultán de Egipto desde 1171, que en 1174 extendió su dominio sobre Damasco y en 1183 sobre Mesopotamia. Saladino no era sólo un poderoso guerrero, sino también un hombre de carácter noble y elevado, uno de los mejores que ha producido el Islam.
¡Qué pobre impresión hacen, frente a él, los cruzados cristianos, cuyas interminables rencillas interiores les habían hecho perder totalmente de vista su objetivo primitivo! Saladino infligió a los cristianos una aniquiladora derrota en la batalla de Hattin, cerca del lago de Genesaret. El rey de Jerusalén, Guido de Lusiñán, cayó prisionero. Todo el país, Jerusalén inclusive, se entregó al vencedor. Los cristianos quedaron reducidos a las plazas fuertes de Tiro, Trípoli, Antioquía.
Una vez más se aprestó la cristiandad a una tercera cruzada, convocada por Gregorio VIII (1187) y su sucesor Clemente III (11871191). Los alemanes acudieron por tierra, capitaneados por el anciano emperador Federico Barbarroja. Obtuvieron una victoria en Konia, y estaban ya cerca de Antioquía, cuando el emperador se ahogó al pasar un río. La mayor parte de los alemanes emprendieron el regreso.
Por mar acudieron Felipe II de Francia y Ricardo Corazón de León, de Inglaterra, el cual de camino conquistó Chipre. Guido de Lusiñán, que había sido puesto en libertad por Saladino, puso sitio al puerto de Acre, que como el resto de Palestina se había perdido después de la batalla de Hattin. Acre fue reconquistada con ayuda de los cruzados nuevamente llegados. Ricardo Corazón de León concertó un armisticio con Saladino: los cristianos quedaban en posesión de la franja costera, de Jaffa hasta Tiro, con Acre como puerto principal. Las peregrinaciones a Jerusalén debían hacerlas desarmados.
Así, el resultado obtenido por esta cruzada, la mayor de las emprendidas, fue también muy mísero. Todo lo estropeaban las eternas disensiones entre los príncipes y los caballeros, en las que se distinguía Ricardo Corazón de León, tan bravo como quisquilloso.
El duque de Austria, Leopoldo V, gravemente ofendido por Ricardo, se vengó de él tendiéndole una celada en el viaje de vuelta; habiéndole hecho prisionero, le entregó al emperador de Alemania, Enrique VI, el cual lo retuvo hasta que los ingleses pagaron un rescate. Este sacrílego atentado contra la persona inviolable de un rey cruzado constituyó un escándalo para toda Europa y contribuyó a apagar los entusiasmos, ya de suyo decaídos.
Fue un éxito, en cambio, la expedición que Enrique VI en 1197 envió a Oriente desde Apulia; la conquista de Beirut significó restablecer las comunicaciones entre la franja costera de Palestina y Antioquía.