Los últimos papas del siglo XIII
Con Urbano IV y Clemente IV empieza una serie de brevísimos pontificados, separados las más de las veces por largos períodos de sede vacante. La sede vacante subsiguiente a la muerte de Clemente IV duró treinta y tres meses. En los cincuenta y dos años que median entre la muerte de Urbano IV y la elección de Juan XXII, la Santa Sede estuvo sin ocupar un total de once años.
Estos papas casi nunca residían en Roma, y como en aquel tiempo el conclave se celebraba siempre en el lugar donde había fallecido el papa, la mayoría de pontífices fueron también elegidos fuera de Roma, por lo común en Perusa o Viterbo. La Ciudad Eterna cayó en olvido o poco menos. Al principio del siglo XII todavía se había desplegado en ella una considerable actividad constructiva y artística; pero desde entonces, la urbe había decaído mucho.
Los romanos prosiguieron en su ocupación favorita de sacudirse yugos de tiranos y nombrar cónsules y tribunos del pueblo. Descendida su población a unos pocos mulares de habitantes, la antigua capital había quedado superada con mucho, y en todos los aspectos, por la Nápoles de los Anjou.
Todos estos papas eran hombres del mayor mérito, y algunos son venerados como santos. El dominico Pedro de Tarantasia, que con el nombre de Inocencio V murió en 1276 tras cinco meses de pontificado, era un teólogo destacado. Gregorio X, en 1274, una vez desaparecido el Imperio latino, concertó una unión con los griegos, que por desgracia resultó efímera.
Mas en todas estas elecciones papales se manifiesta a las claras el espíritu que prevalecía a fines del siglo XIII: era un tiempo de agotamiento político y de gran excitabilidad religiosa, la época de la polémica con los «espirituales» dentro de la orden franciscana, de las ideas de Joaquín de Fiore, de la apocalíptica espera de un Papa Angelicus. De ahí también que en los conclaves se perdiera tanto tiempo buscando los más singulares candidatos.
Gregorio X, que por lo demás fue un pontífice excelente, fue elegido mientras residía en Tierra Santa en calidad de cruzado; no era cardenal, y ni siquiera sacerdote. El portugués Juan XXI (1276-1277), médico y filósofo, poco antes de su elección actuaba aún de médico de cámara de Gregorio X. También los soberanos, y sobre todo el rey de Nápoles, deseaban un papa angélico, es decir, un hombre anciano, que se desentendiera de la política, y con el que pudieran proceder a su antojo.
Esta religiosidad exacerbada festejó su mayor triunfo cuando, en el año 1294, tras veintisiete meses de sede vacante, el eremita Pedro fue arrancado de su celda en los Abrazos e instalado en el solio pontificio con el nombre de Celestino V.