Calvino
Mucha mayor importancia que Zuinglio, puesto que su influjo rebasó ampliamente las fronteras de Suiza, tuvo Juan Calvino, nacido en la ciudad francesa de Noyon, el cual en su obra dogmática Institutio christianae religionis, publicada en 1536, propuso la doctrina de la inmutable predestinación del hombre, sea para su salvación, sea para su condenación.
Era una doctrina a la que también Lutero se había a veces aproximado peligrosamente, y no podía ser de otro modo, desde el momento en que negaba el libre albedrío; pero Lutero no había osado ir hasta las últimas consecuencias. Esto es lo que ahora hizo Calvino, con una dialéctica implacable.
Como bajo el gobierno de Francisco I no se toleraba en Francia la presencia de no católicos, Calvino se estableció en Ginebra. Esta ciudad pertenecía entonces al Imperio alemán, y su señor nominal era el obispo, que desde 1535 residía en Annecy, bajo la soberanía del duque de Saboya en calidad de vicario imperial. De hecho, la ciudad era independiente.
Calvino instauró allí una especie de república teocrática que él mismo rigió con gran rigor hasta su muerte ocurrida en 1564. En 1556 fundó la academia teológica en la que eran educados los maestros de la nueva doctrina, destinados andando el tiempo a difundirla por muchos países, en Francia, Inglaterra, Escocia, parte de los Países Bajos y Alemania, y hasta Hungría.
El calvinismo era una teología en mayor grado que el luteranismo, al cual mejor podría designársele como un método. De ahí que el calvinismo se difundiera sobre todo por obra de teólogos aislados y no conquistara como el luteranismo territorios enteros, sino sólo individuos y grupos, en los que echaba muy profundas raíces.
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