La liga de Esmalcalda
Los príncipes protestantes, cuyo número iba en aumento, formaron en Esmalcalda una nueva liga contra el emperador. Vino en su apoyo una nueva incidencia: los turcos, que ya en 1529 habían sitiado a Viena, hacían progresos cada vez más inquietantes, y el emperador necesitaba la ayuda de todos los príncipes alemanes para proteger el Imperio de este peligro.
Los protestantes aprovecharon los apuros de Carlos V para arrancarle concesiones: en el compromiso de Nuremberg de 1532 el emperador tuvo que concederles, a cambio de su cooperación en la guerra contra los turcos, el mantenimiento del status quo hasta la celebración del concilio. Pero ya nadie pensaba seriamente en la celebración de éste. Cuando finalmente el papa Paulo III, en el año 1536, convocó la tan solicitada asamblea eclesiástica, los príncipes protestantes y el propio Lutero se negaron a
participar en ella. Durante la ausencia del emperador los rebeldes ganaron nuevos miembros para la Liga de Esmalcalda, en contra de lo convenido en Nuremberg.
Entonces el emperador se resolvió a intervenir con las armas. Volvió a Alemania y derrotó en 1547 a la Liga de Esmalcalda en la batalla de Mühlberg. Lo único que exigió a los vencidos fue que se sometieran al concilio que en el entretanto se había reunido en Trento. Lutero había muerto el año anterior. De nuevo la causa protestante/parecía perdida.
Pero sobrevino entonces un nuevo golpe teatral. Justamente mientras Carlos V se aprestaba para la batalla de Mühlberg, Paulo III trasladó el concilio de Trento a Bolonia. El emperador se sintió personalmente ofendido por esta medida, adoptada contra sus expresos deseos; creía, en efecto, que un concilio celebrado en el territorio del Estado Pontificio no ofrecería a los protestantes las necesarias garantías de independencia.
Por consiguiente, se desinteresó del concilio y determinó llegar por su cuenta a un arreglo con los protestantes haciéndoles concesiones. Era un proceder de lo más delicado: aquel mismo proceder que más de una vez habían intentado los emperadores bizantinos para reconciliarse con los herejes de la antigüedad y que siempre había terminado en fracaso. Pero Carlos V no era un teólogo, y todo lo veía desde el punto de vista del gobernante. Publicó, por tanto, en la dieta de Augsburgo el llamado interim, una especie de fórmula de fe neutral con concesiones como el cáliz de los laicos, el matrimonio de los sacerdotes y la secularización de los bienes eclesiásticos.
No comprendía que por este camino no se podría nunca evitar la división religiosa, tan avanzada ya. De todos modos, pudo arrancar a los príncipes protestantes la promesa de asistir al concilio, una vez que el sucesor de Paulo III hubo vuelto a trasladar la asamblea a Trento; pero un nuevo golpe vino a frustrar definitivamente sus intentos de pacificación, ya de suyo poco prometedores.
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