La dieta del Dr. Dukan

 

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Personalidad de Lutero

 

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Es difícil formarse un concepto justo sobre la personalidad de Lutero. No porque su carácter fuera particularmente complicado o difícil de entender, sino porque en la imaginación de mucha gente se ha convertido en una especie de figura mítica, en un símbolo de toda excelencia o de toda perversión. El Lutero real no era ni un santo ni un monstruo. Lo que humanamente más atrae en él es su vitalidad irresistible y su potente espontaneidad. Lástima que estas cualidades degeneren tan a menudo en desenfreno.

De una grosería y mal gusto increíbles, cuando se deja llevar por el odio es capaz de hablar como si no estuviera en sus cabales. Muchos de estos arrebatos pueden justificarse como producto de una tosca sinceridad, mas a veces se advierte un tono demoníaco que provoca espanto. Sería, por otra parte, injusto juzgarle sólo por estos apasionados pasajes de sus escritos, que si se separan de sus respectivos contextos suenan a pura insensatez. Lutero hablaba siempre con absoluta franqueza, a veces con la mayor imprudencia, diciendo todo lo que en aquel momento le pasaba por la mente.

Era todo lo contrario de un hipócrita, desconocía todas las picardías de la diplomacia, y sin embargo mintió muchas veces, con una naturalidad y candidez que con frecuencia nos desarman y tientan a reconciliarnos con sus tergiversaciones. Lutero era, sobre todo, piadoso. Creía ciegamente en la divinidad de Cristo y amaba al Redentor. Es casi enternecedor ver cómo, entre los ultrajes a cosas sagradas, irrumpe aquí y allá su ardiente amor a Dios. En él todo tomaba un carácter personal.

Miraba a todos sus adversarios teológicos como enemigos personales, a los que atribuía toda clase de bajezas. Muchas de sus proposiciones dogmáticas despiertan la impresión de no tener otro fin que el de irritar a los adversarios. Sobre todo, no era un pensador sistemático, y le importaba muy poco incurrir en contradicciones. Frente a los católicos predicaba la libertad en la interpretación de la Biblia, mas a sus adeptos no les toleraba la menor contradicción.

Es indudable que Lutero ha ejercido una gran influencia en la formación del carácter alemán. Pero este influjo, considerado en conjunto ha sido más bien perjudicial. Los rasgos que, ante los pueblos modernos, tanto han perjudicado a los alemanes, su orgullo, su bravuconería, su tendencia a confundir la energía con los puñetazos sobre la mesa, defectos que en vano buscaríamos en los alemanes medievales, remontan de un modo u otro a Lutero, y sobre todo aquel diletantismo en el tratamiento de los últimos problemas de la vida, en virtud del cual todo el mundo se cree capaz de construirse a su arbitrio su propia Weltanschauung.


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