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Crisis religiosa en Italia

 

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Occhino había sido discípulo del español Juan de Valdés, un piadoso seglar establecido en Nápoles que con su espiritualidad nebulosamente sentimental había atraído a muchas personas de intensa vida interior, sobre todo mujeres, entre ellas la noble poetisa Victoria Colonna. Los teatinos, con su sentido estrictamente eclesiástico, fueron los primeros en encontrar sospechosa esta nueva forma de piedad.

Sin embargo, Valdés murió en 1541, en paz con la Iglesia. Occhino era entonces el más celebrado predicador de Italia; Giberti y otros partidarios de la reforma lo tenían en gran estima, como también Paulo III. Amigo de Occhino y animado por sus mismos sentimientos era el canónigo de San Agustín Pedro Vermigli, predicador también famoso, que difundió sus ideas sobre todo en Luca.

Cuando en 1542 Occhino y Vermigli fueron finalmente acusados de herejía en Roma, comprendieron que su juego estaba descubierto y huyeron a Ginebra, al lado de Calvino. El escándalo fue grande, pero saludable. El incidente abrió los ojos a los idealistas que en su tiempo habían sido influidos por las doctrinas de Valdés, como Victoria Colonna, amiga de Miguel Ángel, Contarini y Pole.

Paulo III intervino con gran energía. A instancias de Carafa organizó la Inquisición en toda Italia, la cual, con la misma eficacia que la española aunque sin la dureza de ésta, disolvió los círculos heretizantes que se habían formado gracias a la actividad de Occhino y Vermigli.

Así Italia fue salvada para la fe católica antes de que se produjera una apostasía de grandes proporciones. Por su parte, la orden capuchina, de la cual había partido la crisis, conoció seguidamente un gran florecimiento y se convirtió en uno de los principales factores del general auge religioso.

 

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