Felipe II
Soberano de España fue en la segunda mitad del siglo XVI (15561598) Felipe II, una de las más grandes figuras de la historia moderna y al mismo tiempo una de las más injustamente tratadas. En Alemania, por culpa del famoso drama de Schiller Don Carlos, completamente antihistórico, Felipe II es considerado casi como un monstruo, y quizás aún más en Inglaterra: personificación de todo el obscurantismo, crueldad y espíritu reaccionario que gratuitamente se ha atribuido a la Iglesia católica.
El Felipe II real era muy distinto. Parecido a su padre Carlos V en muchos rasgos de su carácter, grave, taciturno, solitario, le superaba todavía en el sentimiento de su responsabilidad y en el vivir totalmente entregado a sus deberes; poseía, además, una gran capacidad de trabajo y, a diferencia de su belicoso padre, no tenía ninguna afición a la milicia.
Felipe II era profundamente religioso. En su palacio-convento del Escorial, que se hizo construir en un lugar solitario, pasaba muchos días en oración y meditación silenciosa. Llegado el caso, sabía también ser duro e inflexible, y fue la desesperación de alguno de los papas que con él tuvieron que tratar. En política cometió no pocos errores. Pero éstos no eran producto de su ambición de poderío o de orgullo, defectos de los que estaba casi enteramente libre, sino de su elevado sentimiento de responsabilidad. Temblaba en presencia de Dios, pero se concebía a sí mismo como un delegado de Dios, sólo responsable ante él.
En su familia Felipe II fue muy desgraciado; mas no fue culpa suya que sus sucesores fueran unos gobernantes incapaces, que en el siglo siguiente hicieron decaer a España de la altura a que él la había llevado. Que Felipe II haya esquilmado a España hasta su completo agotamiento, es uno de tantos tópicos arbitrarios que sobre la historia española circulan en el extranjero.
Sería exagerado decir que la renovación eclesiástica en la época de la restauración fue obra exclusiva de España. Pero sí fue una gran suerte para la Iglesia que en el siglo XVI existiera al menos una gran potencia que hubiera quedado totalmente indemne de la herejía, y que este país estuviera en condiciones de aportar a la Iglesia, en el momento de su peor crisis, abundantes energías para su regeneración.