Ojeada retrospectiva
Vemos, pues, que el pontificado de Paulo III representó en muchos aspectos un punto crucial de la historia eclesiástica. Mucho faltaba aún para la perfección, y el propio Paulo III estaba lejos de ser un santo; pero la tarea había empezado con buenos augurios.
Desde entonces había en la Iglesia un poderoso partido reformista, no ya secreto y subterráneo como en tiempos de León X y Clemente VII, sino a la luz del día y con partidarios hasta en la cumbre de la jerarquía, entre los obispos y cardenales; en realidad, no era ya un partido, puesto que el papa se había puesto a su frente con toda conciencia. Estaba abierto el camino para la renovación general de la Iglesia.