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Clemente VIII (1592-1605)

 

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Los tres papas que sucedieron a Sixto V, Urbano VII, Gregorio XIV e Inocencio IX, murieron tan rápidamente después de su elección, que sus pontificados no han dejado apenas rastros dignos de mención. Pero en 1592 volvió a subir al solio pontificio un hombre fuera de lo común, Hipólito Aldobrandini, que adoptó el nombre de Clemente VIII.

Antes de su elección ocurrió en el conclave un incidente que causó gran sensación. La mayoría de los cardenales querían elegir al cardenal Santori, hombre intachable, y al efecto se reunieron inmediatamente después de empezado el conclave en la capilla Paulina. Como según el derecho canónico basta que los dos tercios de los cardenales coincidan en la expresión de su voluntad para que el designado por ellos sea papa, cualquiera que sea la forma en que tal voluntad se exprese, Santori tenía motivos para creer que estaba ya elegido. Muchos cardenales eran de la misma opinión, y empezaron a solicitar gracias del nuevo papa.

Pero el decano del colegio sostuvo que una simple reunión preparatoria de la elección no significaba todavía una expresión de la voluntad, y exigió que se hiciera la votación en la forma regular. Pero en ésta Santori no reunió los dos tercios de los votos. Entonces se vio una vez más cuánto habían cambiado los tiempos. En la Edad Media se hubiera producido indefectiblemente un cisma; ahora Santori, aunque profundamente desilusionado, se sometió inmediatamente, y tomó parte en las siguientes votaciones como si nada hubiera ocurrido.

Clemente VIII era un hombre grave, activo y poseído de un gran sentido de su responsabilidad, aunque excesivamente escrupuloso y por ello lento y tardo en sus decisiones. Era profundamente piadoso. En aquel tiempo no resultaba ya sorprendente celebrar a diario, pero es que además se confesaba diariamente con el sabio Baronio. A menudo se sentaba en un confesonario de San Pedro como un simple sacerdote. Los viernes ayunaba a pan y agua. Los demás días comía siempre en compañía de algunos pobres, a los cuales a veces servía él mismo. En su dormitorio unas calaveras le recordaban continuamente la transitoriedad de todo lo terreno.

Acaso estos gestos ascéticos nos parezcan hoy algo teatrales; pero en ellos se expresa la piedad de la época barroca, entonces en sus comienzos. También el arte barroco tiene mucho de teatral, y la escultura aún más que la arquitectura. Piénsese sólo en las patéticas estatuas de santos esculpidas en el siglo XVII, en las de san Ignacio de Loyola y san Felipe Neri, por ejemplo, y compáreselas con la sencillez de que éstos hacían gala en la vida real. Pero no hay que deducir de ello que la piedad y el ascetismo de la época barroca fueran inauténticos. En aquel tiempo todos estos gestos se tomaban profundamente en serio.

Cuando un obispo como san Carlos Borromeo presidía una procesión penitencial descalzo y con una soga al cuello, no lo hacía por ostentación sino, al contrario, movido por un alto sentimiento de sus deberes, y así lo apreciaban sus contemporáneos, sobre los que su ejemplo causaba una gran impresión. En todo caso, un papa como Clemente VIII hace ver a las claras lo mucho que habían cambiado los tiempos, no ya desde Alejandro VI y León X, sino incluso desde Paulo III, cuyo pontificado quedaba a cincuenta años escasos de distancia.

En raro contraste con el rigor ascético y la escrupulosidad de Clemente VIII está la conducta que observó con sus nepotes, los Aldobrandini, a los que enriqueció desmedidamente. Estos nepotes, como también los Barberini, Ludovisi y Pamfili siguientes, se construyeron en Roma y en sus alrededores los más suntuosos palacios y villas, adornados con maravillosos jardines, colecciones de arte y bibliotecas.

En las historias del arte sus nombres suenan muy bien, pero uno no puede menos que decirse que los grandes servicios que muchos de ellos sin duda prestaron a la Iglesia desde los altos cargos que ocuparon, no tienen comparación con las riquísimas rentas que los papas les concedieron y que, en último término, salían de los bienes de la Iglesia. No es que los reyes y príncipes de entonces procedieran de otro modo con sus favoritos y en la administración de los bienes de sus estados; pero a un papa se le exige un sentimiento de responsabilidad mucho más alto que el que se espera de un rey.


 

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