Paulo IV (1555-1559)
Tampoco entonces se quiso elegir al ausente cardenal Pole. Carafa era temido de todos por su dureza, incluso de los más acérrimos reformistas. Además, Carlos V había interpuesto su veto, es decir, había hecho uso del derecho que tenían o creían tener los soberanos católicos de excluir del papado a los candidatos que no les fueran gratos. A pesar de todo, fue elegido Carafa, sobre todo gracias a la habilidad del joven cardenal Alejandro Farnesio, nieto de Paulo III.
Paulo IV contaba setenta y nueve años cuando fue elegido. Le parecía un milagro que él, que nunca había deseado la tiara, a quien nadie quería y ante quien todos temblaban, aun los más celosos, hubiera sido nombrado papa pasando por encima del veto del emperador, y ello agravó todavía la conciencia que tenía de su poder. Por lo demás, siempre había abrigado el más alto concepto de la dignidad y poderío del papado.
Creía que podía mandar sobre reyes y pueblos al estilo de Inocencio III, sin darse cuenta del cambio que habían experimentado los tiempos. A pesar de haber
encanecido en los negocios de la Iglesia, en el fondo seguía siendo un monje totalmente ajeno al mundo.
Tomó por secretario a su sobrino Carlos Carafa, hombre taimado y sin escrúpulos, sin otro pensamiento que el de ganarse un principado para su familia, el de Nápoles o al menos el de Siena.
Paulo IV era un ardiente patriota italiano. Odiaba a Carlos V, al que no podía perdonar el saco de Roma, ni su supuesta inteligencia con los protestantes; odiaba sobre todo a los españoles, que oprimían a su patria napolitana y a los que tenía por una mezcla de judíos y mahometanos.
Con el pretexto más fútil, declaró la guerra a España, incitado a ello por su sobrino. De seguro que Paulo IV creía contar con la ayuda de Francia. Pero Francia no demostró el menor deseo de comprometerse en una aventura ita-liana. Así el papa, con su minúsculo ejército, se enfrentó sólo como agresor contra el poderosísimo Imperio español.
Felipe II, que entre tanto había recibido el gobierno de manos de su padre, hizo avanzar sobre Roma al duque de Alba, al frente de un poderoso ejército. El papa tuvo que hacer las paces a toda prisa, y pudo darse por contento de que su enemigo fuera Felipe II, quien no quería de él otra cosa sino que lo dejara en paz. Esta guerra, casi ridícula, que en realidad no fue más que una demostración militar, tuvo, sin embargo, un importante efecto.
A partir de entonces quedó claro a los ojos de todos que el Estado Pontificio no era una potencia europea como había podido parecer en tiempos de Julio II y León X. Ha sido un bien para la Iglesia que, entre los medios puestos en práctica por el papado en la prosecución de sus fines pastorales, quedaran en lo sucesivo descartados todos los de carácter político-militar.
En la esfera eclesiástica Paulo IV fue el riguroso partidario de la reforma que siempre había sido. Sus nombramientos de cardenales fueron todos hechos teniendo en vista este objetivo: el teatino Scotti, el franciscano Dolera y un santo, el dominico Ghislieri, el futuro Pío V. Manejó la Inquisición con la misma extremosidad que en todo demostraba. Hasta hizo encarcelar al cardenal Morone, de cuya fidelidad a la Iglesia nadie podía sensatamente dudar, por sospechas de herejía. Al final, expulsó también del modo más inesperado y dramático a sus nepotes, junto con el cardenal Carlos Carafa.
Paulo IV es uno de aquellos hombres para los cuales fue una desgracia alcanzar la cumbre. Como fundador de una orden y como cardenal había prestado servicios extraordinarios, y acaso hubiera sido venerado como santo; como papa, defraudó casi todas las esperanzas.