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Pío IV (1559-1565)

 

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Aunque los Estados de la Iglesia hubieran quedado descartados como poder militar, no por ello había menguado el interés que los soberanos católicos ponían en la elección de los papas. Felipe II, sobre todo, había de hacer todo lo posible para que no se eligiera a otro Paulo IV. Por sus presiones y gracias a la influencia decisiva de los cardenales Carlos Carafa y Alejandro Farnesio fue elegido Juan Ángel Médici con el nombre de Pío IV.

Tanto los contemporáneos como los historiadores posteriores se han lamentado de la presión que Felipe II ejerció, hasta el fin del siglo, sobre las elecciones papales. Conviene, empero, tener en cuenta que la situación que Felipe II ocupaba en el mundo y en la Iglesia, hacía inexcusable para los cardenales el tomar en consideración sus deseos e intereses. Y no puede negarse, por otra parte, que los papas elegidos bajo la presión de Felipe II figuran entre los mejores que jamás hayan regido los destinos de la Iglesia.

Pío IV, un milanés sin ningún lazo familiar con los Médicis de Florencia, como cardenal había destacado muy poco. Personalmente algo mundano, inteligente y moderado, era la exacta contrapartida de su predecesor. Siguiendo la mala costumbre de los papas renacentistas, en cuanto fue elegido hizo venir a su corte una gran cantidad de parientes, a los que colmó de rentas, prebendas y títulos.

Pero entre ellos había uno que estaba destinado a ser el ángel custodio de Pío IV: san Carlos Borromeo. Pío IV le hizo cardenal y secretario de estado a los veintiún años, y no tuvo que arrepentirse de su elección. A san Carlos Borromeo pertenece el mérito de que el pontificado de su tío fuera tan beneficioso para la Iglesia. Pero Pío IV tiene el mérito no menor de haber dejado a su sobrino las manos libres en todos los asuntos y de haberlo sostenido siempre en todo, aunque más de una vez le arrancaran suspiros las «teatinerías» del joven.

Las dotes de Carlos Borromeo acaso no se elevaran por encima de lo corriente, pero era un trabajador incansable y de lo más concienzudo; aunque entregado de lleno a los más elevados ideales religiosos, no era entonces aún el riguroso asceta que fue más tarde, siendo arzobispo de Milán, había de imprimir su figura con rasgos indelebles en la historia eclesiástica. Con todo, su ejemplo obró prodigios en la corte papal. Gracias a él la curia adquirió aquel sello puramente eclesiástico y sacerdotal que tanto se había echado de menos durante el Renacimiento, y que no habían podido darle los breves pontificados de Marcelo II y Paulo IV.

Menos elogios merece Pío IV por el proceso que hizo celebrar contra los nepotes de su antecesor. Los Carafa se habían hecho merecedores de un severo castigo; el cardenal Carlos había abusado del más vergonzoso modo de la confianza de su anciano tío, empujándolo a la desdichada guerra contra España. Entre sus parientes inmediatos se habían cometido asesinatos, con su complicidad o connivencia. Pero el proceso fue conducido inicuamente. El fiscal Pallantieri era un notorio enemigo de los Carafa. El cardenal Carlos y su hermano, el duque de Paliano, fueron condenados a muerte y ejecutados, y los bienes de la familia confiscados.

El sucesor de Pío IV, san Pío V, restituyó más tarde los bienes a los Carafa y por su parte condenó a muerte al inicuo procurador, que entre tanto se había hecho culpable aún de otros desafueros. El proceso de los Carafa, aunque injusto de suyo, ejerció de todos modos un efecto favorable: los nepotes de los papas posteriores ya no ambicionaron entrar en posesión de estados soberanos, como los Róvere, Borja, Médici, Farnesio, sino que se contentaron con riquezas y títulos nobiliarios. No es que en esta forma atenuada se hiciera loable el nepotismo, pero al menos no fue tan funesto para la Iglesia.


 

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