Pío V (1566-1572)
Después que Pío IV hubo muerto en brazos de san Carlos Borromeo, los aunados esfuerzos de éste y del cardenal Farnesio impusieron la elección de un santo, el dominico Miguel Ghislieri, con el nombre de Pío
V. Los romanos no se mostraron muy satisfechos con la elección: Ghislieri había sido amigo de Paulo IV, y era de temer que volvieran los tiempos de éste. Pío V lo sabía y comentaba bromeando: «Si Dios me ayuda, mi muerte les afligirá más de lo que les aflige ahora mi elección». Así ocurrió, en efecto.
Pío V fue elegido en el momento más oportuno. Una vez promulgadas las leyes e introducida la reforma en todos los terrenos, lo que faltaba ahora era un buen ejemplo que hiciera lo demás. Pío V se entregó totalmente a su ministerio espiritual. No quedó el menor vestigio del principesco boato de la época del renacimiento. Todo era en él piedad, celo, espíritu eclesiástico. Y aunque más de una vez su celo le llevara demasiado lejos, sobre todo en cuestiones de moralidad pública, y en ocasiones pecara de excesiva meticulosidad, de todos modos se mantuvo siempre lejos de la irreflexiva dureza de Paulo IV.
Mantenerse al margen de la política, esto no puede hacerlo ni el papa más santo, puesto que tiene obligación de velar sobre los católicos del mundo entero. La excomunión solemne que Pío V dictó contra Isabel de Inglaterra, ha dado lugar a los más encontrados juicios. El paso estaba formalmente justificado, ya que Isabel entregó su país definitivamente en brazos del protestantismo. Pero en la práctica la excomunión no podía ya cambiar nada y sólo sirvió para empeorar la situación de los ingleses que se habían mantenido fieles al catolicismo. En cambio, la política antiturca de este papa tan poco belicista se apuntó un brillante éxito.
La amenaza que los turcos representaban para la cristiandad occidental, no había hecho sino agravarse desde principios del siglo XVI. Tras la batalla de Mohacs en 1526, los turcos habían ocupado la mayor parte de Hungría; en 1529 pusieron sitio a Viena, y en lo sucesivo el emperador se vio obligado a hacer a los protestantes concesiones cada vez mayores, para comprar así su ayuda contra los otomanos. A mediados de siglo su presión se hizo sentir también en el centro del Mediterráneo.
Aunque los caballeros de Malta frustraron el ataque a esta isla, al año siguiente (1566) los venecianos perdieron las islas que poseían en el mar Egeo, Quíos, Andros, Naxos, y los barcos turcos llegaron incluso a asomarse al Adriático. Finalmente, en 1569 los turcos exigieron de los venecianos la evacuación de Chipre, y amenazaron con la guerra.
Pío V estaba empeñado en formar una liga de todos los estados cristianos. A este efecto envió embajadores incluso a Rusia. Al fin sólo Felipe II se declaró dispuesto a tomar las armas, aunque los españoles eran justamente los aliados menos gratos a los venecianos. De todos modos, se pudo reunir una gran flota, formada de ciento once navios venecianos, ochenta y uno españoles y doce papales, que en cierto sentido actuaban de enlace.
A la entrada del golfo de Corinto, ante Lepanto, fue avistada la escuadra turca, y allí se trabó, el 7 de octubre de 1571, la mayor batalla naval que había habido desde los tiempos de Augusto y que no sería superada hasta Trafalgar. Los cristianos tuvieron siete mil muertos, pero la flota turca quedó casi completamente aniquilada. El júbilo fue inmenso en toda Europa, y el mérito principal de la victoria fue atribuido unánimemente al papa.
Verdad es que no se aprovecharon las ventajas tácticas que la victoria de Lepanto ofrecía, por culpa de las disensiones que en seguida volvieron a estallar entre los vencedores. Sus efectos fueron, sin embargo, importantes. Los turcos habían perdido su fama de invencibles, y la derrota provocó graves crisis interiores en su imperio; en cuanto a su dominio del Mediterráneo, quedó definitivamente eliminado.
Seis meses escasos después de la batalla murió Pío V, tan santamente como había vivido, revestido con el hábito de santo Domingo. La oración de su última enfermedad decía: «Aumenta, Señor, mis dolores, pero aumenta también mi paciencia». Clemente XI lo canonizó en 1712. Sus reliquias descansan en Santa María la Mayor.