La polémica sobre la gracia
Durante el pontificado de Clemente VIII estalló entre los teólogos católicos una controversia científica que durante años apasionó los círculos eclesiásticos y también, cosa característica del tiempo, los gabinetes de los gobiernos europeos: la llamada controversia sobre la gracia. Su objeto era el dificilísimo complejo de problemas formado por la necesidad de la gracia, la predestinación divina y la libertad del albedrío humano. Tanto Lutero como Calvino habían tropezado precisamente en estos problemas.
El concilio de Trento había fijado los conceptos fundamentales: por un lado, para la salvación total del hombre y para el carácter meritorio de cada uno de sus actos es necesario la gracia divina; por otro lado, la voluntad humana es lo suficientemente libre para que el hombre cargue con la plena responsabilidad de sus actos y para que ningún hombre pueda incurrir en la condenación eterna sin su culpa personal.
A los creyentes les basta con saber esto. A los teólogos, en cambio, la pregunta que se les planteaba era la siguiente: Si Dios sabe de antemano el resultado favorable o desfavorable de la gracia que concede, ¿por qué no da a cada hombre aquella medida de su gracia que Él sabe que va a necesitar? Cuando Dios concede a un hombre una gracia cuyo resultado adverso Él conoce de antemano, ¿no equivale su decreto a una predeterminación a la condenación eterna en el sentido de Calvino? Y por otra parte: si lo decisivo no es el decreto de la predestinación, sino el libre albedrío del hombre, ¿no se corre peligro de negar la necesidad de la gracia, como hacían los antiguos pelagianos?
La controversia estalló a propósito de un libro del teólogo español Luis de Molina, de la Compañía de Jesús († 1600). La solución que allí se intentaba parecía en exceso pelagiana a los dominicos, mientras que, a la inversa, los jesuitas encontraban que al combatir a Molina aquéllos se acercaban demasiado a los calvinistas. Clemente VIII avocó la controversia a Roma, nombrando al efecto una comisión especial de cardenales encargada de examinar el libro de Molina.
Los teólogos jesuitas no se cansaban de afirmar que no tenían ningún interés especial en defender el libro de Molina, cuyas formulaciones podían muy bien ser discutibles; pero de nada les sirvieron sus protestas y tuvieron que defenderse. Con un trabajo infinito se examinaron, en setenta sesiones de la congregación, pasajes de los padres y de otras autoridades relativos a las cuestiones discutidas, sin que el trabajo avanzara en lo mínimo. Clemente VIII, aunque poco versado en teología especulativa, lo quería comprobar todo personalmente. En vano el célebre jesuita Belarmino, al que el papa tenía en gran estima y había hecho cardenal, le aconsejaba que no descendiera en persona a la arena teológica.
La misión del papa, decía Belarmino, no consiste en el estudio especializado, sino en consultar a los obispos y a los demás doctores autorizados para fijar la opinión de la Iglesia en una determinada cuestión de fe y luego dictar su decisión de juez o, si ésta no es necesaria, imponer el silencio a las partes contendientes. Clemente VIII se deshizo de Belarmino nombrándole arzobispo de Capua y prosiguió con sus infructuosas deliberaciones.
Fue su sucesor, Paulo V, quien obró de acuerdo con los consejos de Belarmino. Disolvió la congregación de cardenales y prohibió que ninguno de los partidos acusara al otro de herejía. Por lo demás, en las escuelas podían exponerse ambos sistemas, mientras el magisterio de la Iglesia no adoptara una decisión. La controversia terminó así sin llegar a un resultado, pero eso no quiere decir que fuera infructuosa, incluso prescindiendo de los estímulos que aportó a la teología científica.
Por medio de un impresionante ejemplo se había demostrado que la coexistencia de sistemas de interpretación divergentes no significa necesariamente un peligro para el dogma. Tales discrepancias no son deseables, es cierto; más valdría la plena verdad que las más sutiles hipótesis. Pero dado que todo conocimiento humano, y por tanto también el teológico, es siempre incompleto e imperfecto, resulta muy conveniente conocer los límites que separan de la especulación humana las verdades seguras de la fe. De este modo la teología obtiene aquella libertad de trabajo que, como ciencia, necesita.
Si en esta controversia Clemente VIII, de puro escrupuloso que era, no hizo sino malgastar tiempo y energías sin llegar a ningún resultado, en cambio en el terreno político su escrupulosidad le permitió obtener uno de los mayores éxitos que le ha sido dado obtener a un papa moderno: el definitivo mantenimiento de Francia dentro de la Iglesia católica gracias a la conversión de Enrique IV.