San Ignacio de Loyola
Ignacio de Loyola es una de las grandes figuras de la historia eclesiástica, un eslabón de la gran serie formada por San Benito, san Romualdo, san Bernardo, san Francisco y santo Domingo, y no sólo por ser fundador de una gran orden, sino por su personalidad. No se trataba, sin embargo, de una personalidad brillante. No tenía ni el hechizo de la elocuencia, como san Bernardo, ni el encanto ingenuo e infantil de un san Francisco de Asís.
En él predomina lo objetivo, la norma, el fin. Su fin era acercarse lo más posible a Dios, y acercar a los demás. Su fórmula «todo a la mayor gloria de Dios» no es expresiva de una ambición de dominio eclesiástico, sino del afán de cumplir en todo la voluntad divina, pues Dios no quiere otra cosa que su propia gloria. Donde mejor se comprende a san Ignacio es en su libro de Ejercicios, que según una famosa frase de san Francisco de Sales, ha hecho más santos que letras contiene.
Por su libro de Ejercicios espirituales san Ignacio se ha convertido en uno de los clásicos de la vida religiosa. No, empero, en el sentido de haber creado una nueva espiritualidad. En los Ejercicios no se plantea ningún problema nuevo o particularmente importante. Es un manual del cristianismo corriente, del heroísmo cristiano natural y espontáneo.
En cierto sentido, san Ignacio se ha eclipsado detrás de su creación, la orden de los jesuitas. Sobre esta orden se ha acumulado, en el decurso del tiempo, una tal montaña de leyendas, por obra de amigos y enemigos, que a veces hasta a los católicos les resulta difícil hacerse de ella un concepto adecuado. Los jesuitas no eran ni son ninguna sociedad secreta, ninguna masonería católica, ningún estado mayor, ningún movimiento o corriente religiosa dentro de la Iglesia. Son, simplemente, una orden religiosa. No hay en ellos más misterios que los que pueda haber en los capuchinos, en los benedictinos o en los misioneros de Steyl.
Tampoco tienen el carácter militar, al menos si por militar se entiende instrucción de reclutas, espíritu de reto y de agresión. Si a su cabeza está un general, como al frente de las demás órdenes, este título no es más que el término latino: Praepositus generalis.
La importancia de los jesuitas dentro de la historia eclesiástica consiste simplemente en los grandes méritos contraídos por muchos de sus miembros en los más diversos campos, y desde el principio. Pero del mismo modo que en la historia del arte no existe un «estilo jesuita», como muchos han querido imaginar, tampoco ha habido ni hay dentro de la Iglesia una orientación religiosa específicamente jesuítica.