Significación del concilio de Trento
Tanto en duración como en trascendencia para la vida de la Iglesia, el concilio de Trento supera a todos los demás concilios ecuménicos. Su primitivo objeto, la reconciliación con los protestantes, no fue conseguido; pero en su alcance rebasó ampliamente este fin, impuesto por las circunstancias. Su obra principal consiste en haber arrojado luz sobre muchos problemas de la fe. A partir del concilio todo el mundo tuvo que contestar a la pregunta de si quería ser católico o no.
No era ya posible mantenerse en una vacilante neutralidad, como tampoco lo era arreglarse un credo peculiar y personal. Además, la profundidad religiosa y la potencia teológica de los decretos del concilio de Trento constituían una palmaria demostración de que en modo alguno podía hablarse de una decadencia espiritual en el seno de la Iglesia. La marcha seguida desde el apogeo de la escolástica, desde santo Tomás y san Buenaventura, había sido en sentido ascendente, no descendente. De este modo el concilio vino a fortificar la confianza de los católicos en el magisterio eclesiástico y en la jerarquía.
A corroborar esta confianza en la organización jerárquica y sacramental se dirigen también los decretos de reforma. El sínodo estableció la obligación de residencia de los pastores de almas, en especial la de los obispos, y también su plena libertad en el ejercicio de su ministerio. Recomendó la frecuente celebración de sínodos diocesanos y provinciales, una cuidadosa selección y educación del clero, y dio normas detalladas para que el culto divino se celebrara con la debida dignidad.
La preocupación que todo lo domina, es el cuidado de las almas. Podría, sin más ni más, calificarse al concilio de Trento como el concilio de la cura de almas sacramental. Su postura ante las órdenes religiosas es totalmente favorable. Abrigar una alta estima del estado religioso fue siempre una característica de un espíritu auténticamente católico. Muchos de los teólogos del Trento eran religiosos regulares, sobre todo dominicos, a cuya orden pertenecían muchos de los obispos allí congregados.
El concilio introdujo innovaciones decisivas en la organización de los beneficios eclesiásticos. Las viejas «prácticas financieras», que tanto habían dado que hablar desde los tiempos de Aviñón, expectancias, regresiones, accesiones, etc., fueron pura y simplemente abolidas, mientras se introducían enérgicas reformas en otros puntos y se prohibía la
acumulación de varias prebendas en una sola mano, lo que por lo demás resultaba ya imposible al establecerse la obligación de residencia. Por su parte, el papa estuvo totalmente de acuerdo en que tanto él como la curia perdieran con este motivo una gran parte de sus rentas.
Sería, en cambio, erróneo pensar, como a veces se hace, que el concilio de Trento imprimió un nuevo rumbo e infundió un nuevo espíritu a la vida religiosa. Le aportó, sí, claridad y limpieza, corroboró su valentía y su sentimiento de responsabilidad, pero no creó ningún tipo nuevo de santo. Ni era tampoco necesario. Trento representa un hito en la trayectoria de la Iglesia, no un viraje ni una ruptura.