La dieta del Dr. Dukan

 

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Alemania en la época del barroco

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Los territorios católicos de Alemania se repusieron con asombrosa celeridad de los daños de la guerra de los treinta años. Se hacía sentir por doquier una nueva y sana alegría de vivir, que halló su expresión en las innumerables construcciones y esculturas religiosas y profanas del estilo barroco, que aun hoy dan su sello característico al paisaje austriaco y alemán del sur.

Casi todas ellas surgieron en los decenios de antes y después de 1700. Son iglesias y conventos de gran monumentalidad, como el incomparable de Melk en el Danubio, San Florián en Linz, Ottobeuren en el Allgau bávaro, Weingarten en Württemberg, Einsiedeln en Suiza, los Catorce Santos en Bamberg, un incalculable número de pequeñas iglesias y ermitas rurales, a veces escondidas en remotos valles, las columnas dedicadas a la Virgen o a la Trinidad que adornan las plazas ciudadanas, y las humildes imágenes en las encrucijadas solitarias. Para esta riqueza artística, que en aquel tiempo sólo tenía rival en Italia, las generaciones del siglo XIX han sido por completo ciegas y en su desencaminado entusiasmo por el arte han destruido muchas obras de valor. Hoy se vuelve a tener ojos para apreciar el mérito artístico del barroco alemán y para estimar su sincero sentimiento religioso.

Sin embargo, tampoco conviene sobreestimar la profundidad de estos valores religiosos. No se trataba de una espiritualidad llameante, de una mística encendida. Los católicos de la época barroca no se planteaban problemas. Se sentían en la posesión segura de la verdad, estaban contentos de Dios y del mundo, y el cielo era una perspectiva que les alegraba. Era una religiosidad del terruño, profundamente arraigada, que impregnaba la vida entera; pero era el pan de cada día, no un manjar exquisito. No ha producido grandes santos, aunque tampoco era terreno abonado para jansenistas e iluminados.

Entre los religiosos de aquel tiempo hallamos magníficas figuras locales, pero apenas ninguna de la talla suficiente para hacerse conocer fuera de las fronteras de Alemania. Tenemos, por ejemplo, el venerable Bartolomé Holzhauser, canónigo de Tittmoning sobre el Inn, luego deán en San Juan en el Tirol, finalmente párroco de Bingen († 1658), que formó comunidades dedicadas a la cura de almas y ejerció una saludable influencia sobre la formación del clero; el santo misionero Felipe Jeningen S.I. de Eichstätt († 1704 en Ellwangen); el badense Ulrico Megerle, un agustino que se hizo famoso en Viena bajo el nombre religioso de Abraham de santa Clara, predicador y escritor popular de ingenio chispeante y algo rústico, que no tenía empacho en cantar las verdades más rudas a la sociedad cortesana vienesa († 1709); el excelente poeta Federico von Spee S.I., uno de los primeros que se alzó contra la abominación de los procesos de brujería († 1635 en Tréveris).

Escritores populares muy leídos fueron el piadoso capuchino Martín de Cochem († 1712) y el premonstratense de Colonia Leonardo Goffine († 1719), cuya Handpostille, explicación de los evangelios dominicales, publicado por primera vez en 1687, fue hasta muy entrado el siglo XIX, una de las lecturas familiares más difundidas. Si queremos apreciar toda la distancia que media entre la vida religiosa en la Alemania de entonces y la contemporánea religiosidad de Francia, no tenemos más que comparar a Bartolomé Holzhauser con Olier, el fundador de los sulpicianos, o a Martín de Cochem con su piadoso correligionario José de París, el exaltado colaborador político de Richelieu († 1638), o a la beata Crescencia de Kaufbeuren († 1744) con santa Margarita Alacoque. Ambos países eran católicos de pies a cabeza, pero a la religiosidad alemana, por pura y auténtica que fuera, la faltaba aquella grandeza que sin duda alguna la francesa poseía.

La influencia religiosa de la Alemania católica se extendía entonces hasta muy al Este, hacia Bohemia, Silesia, Polonia, Hungría, Yugoslavia. Pero en el aspecto religioso la época barroca tenía también sus facetas obscuras. La vida era demasiado fácil para el clero, para los obispos y los conventos. Aunque no vivieran en la opulencia ni se entregaran al vicio, adoptaban unos aires en exceso señoriales y eran poco dados a las cosas del espíritu. Se construían palacios y castillos por el puro placer de construir.

Cualquier príncipe-obispo, cualquier príncipe-abad pretendía ser un pequeño Luis XIV y tener su pequeño Versalles, siguiendo el ejemplo de los príncipes seculares del tiempo. La causa de ello no es sólo, como muchas veces se dice, el hecho de que la mayoría de los prelados alemanes procedieran de la nobleza. Un noble puede ser tan buen obispo como cualquier otro, y los abades, que a menudo eran de muy humilde procedencia, eran tan dados al boato como los grandes señores espirituales de las diócesis feudales. Tampoco puede decirse que los príncipes religiosos oprimieran al pueblo y olvidaran sus deberes para con los menesterosos.

El viejo dicho de que se vive bien a la sombra del báculo, se acreditó hasta fines del siglo XVIII. La caridad y la asistencia social estaban aún en gran parte en manos del clero, y ello no constituía ninguna desventaja para los pobres. Lo malo era que el clero se sentía demasiado seguro. Se había perdido todo sentido de responsabilidad para el porvenir. A nadie se le ocurriría pensar que estaban viviendo sobre un volcán, mejor dicho, que vivir sobre un volcán es el constante destino de la Iglesia.



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