La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

Francia, gran potencia católica

linea

Desde la conversión de Enrique IV Francia había recuperado el puesto de nación adelantada de la Iglesia, que ya había ocupado en la Edad Media. Es de notar, sin embargo, que entre los reyes que gobernaron en Francia durante la época del llamado absolutismo, no hubo ningún san Luis ni ningún Felipe II. La vida religiosa de la nación era intensa, pero lo era a despecho del ejemplo de los soberanos. Luis XIII (1610-1643), hijo de Enrique IV, fue un buen rey, pero insignificante y de escasa iniciativa.

Su hijo Luis XIV, con cuyo largo reinado (1643-1715) coincide la edad de oro de la Iglesia francesa, fue sin duda uno de los más poderosos soberanos de la historia universal, pero distó mucho de realizar el ideal de monarca cristiano, no sólo por su alianza con los turcos contra el emperador y su desconsiderada conducta con los papas, sobre todo con Inocencio XI, sino aún más por su inmoral vida privada.

Su biznieto y sucesor Luis XV (1715­1774) era no sólo inmoral sino incapaz. Tampoco los ministros, que en la época del absolutismo a menudo contaban más que el rey, siguieron siempre una política favorable para la Iglesia.

Uno de los más curiosos fenómenos de este tiempo es el de los ministros de Estado revestidos de la púrpura cardenalicia. La práctica no es exclusiva de Francia; así hubo el cardenal Klesl, canciller del emperador Matías hasta su desgracia en 1618, el cardenal Nidhard († 1681) ministro de Felipe IV de España, el cardenal Alberoni valido de Felipe V desde 1714 hasta su desgracia en 1719.

En Francia los más famosos son el cardenal Richelieu, dueño absoluto de la política bajo el reinado de Luis XIII desde 1624 hasta su muerte en 1642, y su sucesor, el cardenal Mazarino, un italiano que durante la minoridad de Luis XIV ejerció la regencia hasta 1661. Incluso durante Luis XV ocuparon temporalmente una situación análoga los cardenales Fleury († 1743) y Bernis (ministro del exterior en 1757, embajador en Roma en 1769).

Escaso fue el provecho que por lo común aportaron a la Iglesia estos estadistas purpurados. Más beneficiosos resultaron los confesores de la corte, otro de los fenómenos característicos del tiempo. Por lo común eran jesuitas o miembros de otras órdenes, que en su difícil situación pudieron hacer mucho bien o al menos evitar muchos males. Los más conocidos son Guillermo Lamormaini, confesor de 1624 a 1637 del emperador Fernando II, y Francisco Lachaise, al que desde 1675 incumbió la espinosa misión de dirigir la conciencia de Luis XIV.



Volver al índice