Francia
Pero la lucha más importante que la Iglesia tuvo que sostener en el siglo XVI, fue la entablada por la conservación de Francia. Si Francia hubiera entonces apostatado, como durante algún tiempo pareció que iba a ser el caso, ello hubiera significado para la Iglesia, no la muerte, pero sí un retroceso de varios siglos en su historia.
Por mucho que otras naciones discutan las pretensiones de Francia de ser la hija mayor de la Iglesia, por mucha burla que se haga del viejo dicho de gesta Dei per Francos, la indiscutible verdad es que, casi desde los tiempos de Clodoveo, Francia ha constituido no sólo el corazón geográfico de la Iglesia, sino también su centro espiritual.
De Francia partieron casi todos los grandes movimientos religiosos de la Edad Media: Cluny y Claraval, las cruzadas, el arte gótico, la escolástica. Es un hecho elocuente el que los grandes fundadores de órdenes extranjeros, el irlandés Columbano en el siglo VI, los alemanes Bruno y Norberto en los siglos XI y XII, los españoles Domingo e Ignacio en los siglos XIII y XVI, todos ellos iniciaran en Francia sus fundaciones que tan fructíferas se habían de revelar para la vida entera de la Iglesia; fue asimismo en París donde enseñaron los grandes príncipes de la escolástica, cualquiera que fuera su procedencia: el lombardo Pedro, el inglés Alejandro de Hales, el alemán Alberto el Magno, y el napolitano Tomás de Aquino.
Verdad es que mucho pecó también Francia contra la Iglesia y el papado. Pero los desafueros de Felipe el Hermoso, el exilio de Aviñón, el Gran Cisma y las teorías conciliares fueron a su modo expresión de la supremacía física y espiritual de Francia. Con haber sido ya tan grande el daño inferido a la Iglesia por la separación de Inglaterra y de media Alemania, la apostasía de Francia hubiera arrastrado tras sí consecuencias totalmente incalculables.
Los reyes de Francia Francisco I (1515-1547) y Enrique II (15471559), aunque favorecieran más o menos abiertamente a los príncipes protestantes en su lucha contra el emperador, esperando que la escisión religiosa de Alemania acarreara una debilitación del poder político de Carlos V, hicieron también, y por las mismas razones, cuanto estuvo en su mano para evitar en Francia una división semejante. De todos modos, mientras procuraban mantener el luteranismo alejado de sus fronteras, no pudieron evitar que se formara un partido calvinista bajo el caudillaje político de la casa de Borbón.
Los duques de Borbón eran una línea segundona de la casa real, fundada por Roberto, hijo de Luis el Santo. Jefe de la casa era el duque Antonio, que ostentaba el título de rey de Navarra. La mayor parte de este antiguo reino vasco había pasado a poder de España desde 1512-1515.
En las últimas luchas por la ciudad de Pamplona había recibido sus heridas el joven Íñigo de Loyola en el año 1521. Pero la importancia de la casa de Borbón no descansaba sobre este título, sino sobre la posibilidad de que se extinguiera la reinante casa de Valois, en cuyo caso los Borbones pasarían a ser reyes de Francia.
El caudillo político del partido católico era el duque Francisco de Lorena y Guisa, primo de Antonio de Borbón-Navarra. El plan del partido consistía, en caso de extinguirse la casa de Valois, excluir de la sucesión a los miembros calvinistas de la línea de Borbón y entregar la corona francesa a los Guisa católicos.
Volver al índice