Gustavo Adolfo de Suecia
La intervención del rey de Suecia, Gustavo Adolfo II, provocó un radical cambio en la situación. Suecia, que ya había intentado incomunicar a Polonia con el Báltico, había de mirar con malos ojos el afianzamiento del poder imperial en aquellos territorios.
Hasta dónde llegaban los planes de Gustavo Adolfo, no podemos saberlo, puesto que su prematura muerte le impidió realizarlos. Es, sin embargo, seguro que entre sus principales móviles figuraba el de venir en ayuda de sus correligionarios protestantes en Alemania.
Gustavo Adolfo, un brillante soldado que entre los generales del tiempo sólo tenía rival en Wallenstein, derrotó a Tilly en Leipzig y lo rechazó hasta el Danubio, donde Tilly halló la muerte en una nueva derrota. Pero también Gustavo Adolfo cayó luchando contra Wallenstein en la batalla de Lützen, junto a Leipzig, en 1632. El propio Wallenstein, cuya actitud política se iba haciendo cada vez más dudosa, fue asesinado en Eger por sus oficiales en 1634.
A partir de aquel momento la guerra se atomizó en una serie de campañas conducidas por generales suecos, imperiales, bávaros y otros, con el resultado de que Alemania fue devastada en todas direcciones. Hasta Francia, que ya antes había apoyado a Gustavo Adolfo, intervino ahora abiertamente.
Desde los tiempos de Lutero los franceses habían seguido la política de apoyar a los príncipes protestantes contra el emperador, política radicalmente errónea, cuyas fatales consecuencias han tenido que lamentar en tiempos posteriores.
Finalmente, después de las negociaciones de Münster y Osnabrück, se concertó la paz en 1648: la llamada paz de Westfalia. La confesión calvinista era reconocida en el Imperio junto con la de Augsburgo. En los distintos territorios debía observarse el status quo, sólo que éste quedaba fijado en el año 1624. Suecia y Francia recibieron, en pago a sus esfuerzos, importantes territorios del Imperio, en el Báltico y en el Rin superior.
El papa Inocencio IX protestó contra esta paz, que no sólo perjudicaba gravemente a Alemania, sino que significaba una nueva violación de los derechos de la Iglesia. Para Alemania, que en algunos lugares había perdido hasta dos tercios de su población, empezó ahora un auténtico período de paz, incluso en el aspecto religioso.
Volver al índice