La dieta del Dr. Dukan

 

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Italia

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El espíritu religioso de los siglos XVII y XVIII se refleja también en Italia en el arte barroco. Acaso haya producido un menor número de obras monumentales que en Alemania, si prescindimos de las grandes construcciones romanas de Bernini y Borromini y quizá también de las venecianas de Longhena; pero sobresalió en la decoración interior de iglesias y capillas, con gran profusión de oro, estucos, mármol, estatuas y retablos, encargados por conventos, hermandades y familias, y también en las imágenes domésticas de la Virgen, llenas de fantasía, que aún hoy en Roma, Nápoles y hasta en los más insignificantes villorrios dan testimonio de la arraigada religiosidad de aquel tiempo.

También Italia era entonces una tierra de santos. Un tipo especial, frecuente sobre todo en el sur, era el de los predicadores y misioneros populares, que recorrían sin parar las ciudades y las aldeas. Entre sus primeros representantes figuran los santos capuchinos José de Leonissa († 1612) y Lorenzo de Brindis († 1619); además, los santos franciscanos Pacífico de Sanseverino († 1721), José de la Cruz († 1734 en Nápoles) y Leonardo de Porto Mauricio († 1751); entre los jesuitas san Francisco de Gerónimo, apóstol de Nápoles († 1716) y el beato Antonio Baldinucci en el Lacio († 1717).

A todos supera san Alfonso María de Ligorio († 1787), napolitano también y obispo de Santa Agueda de los Godos, fundador de una orden especial de misioneros populares, los redentoristas. Su interés en formar hábiles confesores lo llevó al campo de la teología moral, en el que llegó a ser una de las primeras autoridades. Pío IX lo declaró doctor de la Iglesia en 1871. Otra orden, de regla extraordinariamente rigurosa y dedicada también a las misiones populares, fue la de los pasionistas, fundada por san Pablo de la Cruz († 1775).

San Juan Bautista de Rossi († 1764), desde su modesto puesto de canónigo en Santa María in Cosmedín, desarrolló en Roma una intensa labor pastoral. Se distinguen por sus altas gracias místicas san José de Cupertino, franciscano conventual († 1663), y una serie de santas mujeres, como la terciaria franciscana Jacinta Mariscotti († 1640 en Viterbo), las capuchinas Verónica Giulianis († 1727 en Città di Castello) y Magdalena Martinengo († 1737, en Brescia), las carmelitas María de los Ángeles (condesa Baldissero, † 1661 en Turín) y Teresa-Margarita Redi († 1770). Santa Lucía Filippini († 1732) fundó una comunidad de hermanas de la enseñanza. Entre los obispos italianos del siglo XVII destacan, además de san Roberto Belarmino († 1621), el sobrino de san Carlos; Federico Borromeo († 1631), arzobispo de Milán y cardenal, fundador de la Ambrosiana, del que Manzoni trazó un retrato ideal en I Promessi Sposi, y el beato Gregorio Barbarigo († 1697), cardenal y obispo de Padua.

En la segunda mitad del siglo XVIII la Ilustración penetró en Italia, como en los demás países católicos, ganando muchos adeptos en las clases intelectuales y hasta en los altos círculos eclesiásticos. Pero en conjunto puede afirmarse que apenas había otro pueblo que, en el aspecto religioso, estuviera tan bien preparado para resistir a la crisis que había de estallar en los últimos años de este siglo.



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