Las guerras de los hugonotes
Tras la muerte del rey Enrique II, su viuda Catalina de Médici, sobrina segunda de León X, ejerció la regencia en nombre de sus hijos menores de edad. Mujer astuta y sin principios, como auténtica Médici que era, quiso estar bien con todos y al fin no conservó la amistad de ninguno. Tomó como corregente a Antonio de Navarra y de acuerdo con él concedió en 1562 plena libertad de culto a los calvinistas.
Libertad de culto significaba entonces en Francia, como en cualquier otra parte, algo así como carta blanca para proceder contra la Iglesia católica. El resultado fue una guerra civil, las ocho guerras llamadas de los hugonotes, que duraron desde 1562 hasta 1588. El nombre «hugonotes», empleado para designar a los calvinistas franceses, parece que viene de la palabra suiza Eidgenossen (confederados).
Ya al principio del conflicto murieron tanto Antonio de Navarra como Francisco de Guisa, y tomaron la dirección de sus respectivos partidos los hijos de aquéllos, Enrique de Navarra y Enrique de Guisa. La reina Catalina desposó a su hija Margarita con Enrique de Navarra, para ganarse a los calvinistas, pero luego conspiró con los Guisa para que los calvinistas no se hicieran demasiado poderosos.
Las bodas de Enrique de Navarra, que debían celebrarse en París con asistencia de los jefes del partido calvinista, habían de facilitar la ocasión para deshacerse de éstos. El golpe no salió bien. Espantada entonces la reina y su gente por el fracaso, organizaron a toda prisa una matanza mucho más amplia que la planeada en principio. Tal fue la famosa «noche de san Bartolomé», o las «bodas de sangre de París».
Naturalmente que con este crimen prestó la reina un flaco servicio a los católicos. La guerra civil estalló de nuevo con redoblada violencia. Entre tanto había subido al trono el hijo menor de Catalina, Enrique III, y como carecía de descendencia, lo mismo que sus hermanos prematuramente fallecidos, la extinción de la casa de Valois parecía
inminente.
Enrique de Navarra, heredero del trono, se había convertido apresuradamente al catolicismo bajo el terror de la noche de san Bartolomé, pero ya en 1576 había vuelto al calvinismo. El partido católico, decidido a no tolerar en modo alguno a un rey protestante, formó la «liga santa» y entró en tratos con Felipe II de España.
Lo que más importaba a la liga era atraer al papa a su campo, para que por medio de censuras eclesiásticas separara de Enrique de Navarra a sus numerosos partidarios católicos. Pero Sixto V era un político demasiado clarividente para no prever la victoria final del de Navarra. Naturalmente que también él deseaba que el trono francés estuviera ocupado por un católico. Pero esperaba poder llegar a este resultado por otro camino que por el de entronizar a un Guisa gracias a la intervención de Felipe II.
El rey español y la liga tomaron muy a mal esta actitud de Sixto V. Fue uno de aquellos casos, no raros en la historia, en que los católicos exaltados pretenden ser más papistas que el papa.
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