Los países bajos
Carlos V había cedido a su hijo Felipe II el gobierno de los Países Bajos, los cuales comprendían entonces, además de las actuales Bélgica y Holanda, el Artois con Lille y Cambrai, y también el Luxemburgo y el Franco Condado borgoñón. Felipe II intentó oponerse al movimiento antiespañol y protestante que conmovía el país por medio de medidas muy rigurosas, acaso demasiado.
Introdujo la Inquisición y obtuvo del papa la creación de numerosos obispados, que de cuatro pasaron a dieciocho, lo cual fue también considerado como una opresión. En el año 1566 estalló la rebelión abierta. Felipe envió a su mejor general, el duque de Alba, pero no pudo obtener éxitos duraderos.
Sólo su sucesor, Alejandro Farnesio, biznieto del papa Paulo III y nieto de Carlos V, consiguió que quedaran católicas y españolas al menos las provincias situadas al sur de la desembocadura del Mosela y del Escalda. Las provincias Unidas del Norte formaron desde entonces un estado soberano, que de momento seguía perteneciendo nominalmente al Imperio alemán, hasta que en 1648 la Paz de Westfalia disolvió este último vínculo.
La religión oficial era el calvinismo, aunque el nuevo estado encerraba también algunas minorías católicas. Para éstas se estableció en 1602 el vicariato apostólico de Utrecht.
Volver al índice