La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

Las ciudades

 

linea

Ciudades las había ya antes de la llegada de los españoles. Méjico, la capital de los aztecas fundada en el siglo XIV, en tiempos de su conquista por Cortés pasa por haber poseído cosa de medio millón de habitantes. Aunque esta cifra sea con toda seguridad, exagerada, de todos modos, aun como capital de Nueva España, Méjico siguió siendo uno de los más importantes centros urbanos, de América. Ya en 1553 se abrió allí una universidad, y en 1573 se colocó la primera piedra de su famosa catedral. De las antiguas ciudades de los incas, Quito, conquistada por Pizarro en 1533, se convirtió en un centro importante, mientras que, Cuzco, la antigua capital cuyos orígenes se remontan al siglo XI, tuvo escasa importancia, aunque también allí se estableció una universidad en 1692.

Las nuevas fundaciones de ciudades llevadas a cabo por los españoles permiten observar en qué dirección se efectuaba la colonización. La Habana fue fundada en 1511, Panamá en 1519. Siguieron las ciudades costeras del Caribe: en 1521 Cumaná en Venezuela, en 1525 Santa Marta, en 1533 Cartagena; no tardaron en seguirles las ciudades situadas en el interior de la actual Colombia: Popayán y Bogotá en 1538, Antioquía en 1541, Medellín en 1674.

En la costa del Pacífico, Benalcázar fundó en 1531 el puerto de Guayaquil, Pizarro en 1535 la Ciudad de los Reyes, o sea Lima, que durante largo tiempo fue la capital de toda la Sudamérica española. La universidad de Lima fue inaugurada en 1551, antes aún que la de Méjico, con lo que es la más antigua de toda América. A partir del Perú fueron luego fundadas diversas ciudades en lo que hoy forma la parte occidental de la Argentina: Santiago del Estero en 1553, Tucumán en 1565, Córdoba en 1573, Salta en 1582; pues la Argentina no fue colonizada a partir de la desembocadura del Plata, sino desde el Oeste.

Verdad es que Buenos Aires nació ya en 1580, pero durante largo tiempo careció de toda importancia. Todavía en 1664 contaba sólo cuatro mil habitantes, y diez mil en 1744. Esto dependía de que todo el comercio tenía que pasar por el mar Caribe, incluso el de la Argentina, que seguía la ruta Portobello—Panamá—lago Titicaca—Tucumán. Hasta 1748 no se abrió la ruta por el Cabo de Hornos y hasta 1778 no fue abierto al comercio el puerto de Buenos Aires. Santiago de Chile fue fundado en 1541 partiendo del Perú.

En los actuales Estados Unidos los españoles fundaron en 1565 San Agustín en Florida y en 1609 Santa Fe en la actual Nueva Méjico, que son las dos ciudades más antiguas de la Unión norteamericana. Tucson en Arizona fue establecida en 1632 por misioneros jesuitas.

Muchas de estas fundaciones españolas de los siglos XVI y XVII son hoy grandes ciudades. Pero no debemos pensar que en la época colonial fueran muy populosas. Durante largo tiempo, la mayor ciudad del Nuevo mundo debió ser Potosí, en Bolivia, cuyas minas de plata, explotadas ya en tiempos precolombinos, en los siglos XVI y XVII suministraban más de la mitad de la entera producción mundial. Durante el apogeo de sus minas Potosí debió de contar ciento cincuenta mil habitantes, o doscientos mil según otros autores; hoy tiene treinta y cinco mil. La Paz, en Bolivia, fundada en 1548, tenía doce mil habitantes en 1675 y veintiún mil en 1769 (hoy, ciento cincuenta y dos mil). La propia Lima a comienzos del siglo XVIII no debió de contar más de treinta mil habitantes; hoy, con los suburbios, pasa de ochocientos mil.

Conviene advertir que, en la propia Europa, el gran crecimiento de la población urbana no se produjo hasta el siglo XIX. Antes de la revolución la población de París se calcula entre seiscientas cuarenta mil y seiscientas setenta mil almas: hacia 1600 no pasaba de doscientas mil. Todas las demás capitales europeas eran mucho menores (Viena ciento setenta y cinco mil en 1754; Berlín de trece mil a quince mil en 1625, ciento cuatro mil quinientas veinticinco en 1769; Copenhague veinte mil en 1635, noventa mil en 1787); lo mismo ocurría con los grandes centros comerciales (Amsterdam, ciento cinco mil en 1622; Rotterdam treinta y cinco mil en 1795; Lyon ciento treinta y cinco mil en 1787; Marsella ochenta y nueve mil en 1787; Zurich diez mil en 1671; Ginebra dieciséis mil en 1693). Hasta Venecia no debió de pasar de los ciento cincuenta mil habitantes en la época de su apogeo.

Por consiguiente, tan falso sería imaginar el período colonial español como una época de prosperidad jamás alcanzada después, como pensar, a la inversa, que cuando obtuvieron su independencia las nuevas repúblicas tuvieron que crearlo todo de la nada. El desarrollo demográfico de las ciudades hispanoamericanas, visto en conjunto, parece haber procedido de un modo más regular y continuo de lo que permiten suponer algunas historias modernas.

La población del Brasil se calcula en dos millones ochocientos cincuenta mil en 1798. Portugal, que en 1732 tenía dos millones de habitantes, pudo enviar a ultramar muchos menos emigrantes que España, aparte de que, en aquella época, su expansión principal se dirigía hacia África y Asia. Hay que suponer, por tanto, que en la cifra relativamente alta de la población brasileña una gran parte corresponde a los indígenas. Huelga decir que no es muy grande la seguridad de las cifras aducidas. En su tiempo Humboldt calculó la población total de Hispanoamérica, con inclusión de las Antillas, en más de 18 millones, cifra que aún hoy se cita a veces, aunque la población real debió de ser más bien de doce a quince millones. En tales circunstancias se comprende que una distinción por razas es por completo imposible.

Aún hoy las estadísticas oficiales suelen establecerse según criterios que poco tienen que ver con la biología. La distinción tiene además poca importancia, y menos aún para la historia eclesiástica. Hoy se cuentan en toda América unos veinticinco millones de negros, de los cuales más de diez millones están en Estados Unidos, ocho millones en la Sudamérica tropical y cinco millones en las Antillas. A fines del siglo XVIII Humboldt calculó la población negra de las colonias españolas, sin contar las Antillas, en setecientas setenta y seis mil, y la de las Antillas en seiscientas mil.

En estos números están incluidos los mulatos, a pesar de lo difícil que es fijar una línea divisoria. El aumento de los negros es debido más a su proliferación natural que a su importación desde el África, y no adquirió proporciones considerables hasta el siglo XIX. Sobre la importación de esclavos en la época colonial, la gente se abstuvo prudentemente de hacer estadísticas. Por otra parte, los informes relativos a esta cuestión suelen ser tendenciosos y, por tanto, inutilizables.

Volver al índice