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Las reducciones

 

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Las reducciones eran poblados en los que se congregaba a los indios nómadas, y bajo la dirección de misioneros, con rigurosa exclusión de cualquier otro europeo, se intentaba educarlos en una vida cristiana y civilizada. Particularmente famosas son las llamadas reducciones de los jesuitas del Paraguay, aunque en su mayor parte estaban establecidas en territorio argentino y brasileño.

Pero los jesuitas no fueron los primeros misioneros que emplearon este método. Las reducciones empezaron en 1610 en el Paraguay, con el consentimiento del gobierno español, que aprobó la exclusión de todos los demás europeos. Al principio tuvieron que sufrir mucho por los ataques de los llamados «paulistas», hordas de mestizos de la colonia brasileña de São Paulo, que se dedicaban al comercio de esclavos en gran escala. Los misioneros les llamaban «mamelucos».

Al fin se decidieron a armar a sus indios y en 1641 infligieron a los paulistas una derrota decisiva. A partir de entonces las reducciones disfrutaron de tranquilidad, pero entre los europeos empezaron a circular los más fantásticos rumores acerca de este estado jesuita que les estaba vedado, el cual, por lo demás, nunca comprendió más de treinta a treinta y tres reducciones contiguas, con un número máximo de ciento cincuenta mil indios. A mediados del siglo XVIII la disolución de la Compañía de Jesús significó el fin de las reducciones jesuitas; aún hoy pueden verse sus ruinas en la selva virgen. Subsistieron, en cambio, las que los franciscanos habían organizado en otras regiones.

Misionólogos e historiadores sustentan sobre las reducciones opiniones muy divergentes. Nadie niega que en su tiempo desarrollaron una gran labor; las noticias sobre la vida moralmente limpia y auténticamente piadosa que llevaban los indios en las reducciones, están perfectamente demostradas. Mas es lícito preguntarse si las reducciones no tenían demasiado el carácter de plantas de invernadero, y sobre todo, por qué no se cuidaron los misioneros de formar un clero indígena que con el tiempo hubiera podido substituirlos. Acaso se dirá que los misioneros eran pastores de almas, interesados sobre todo en la salvación de las almas individuales que tenían a su cuidado, y no políticos de amplios horizontes.

Difícilmente podían prever que el Estado, con el que estaban en perfecta inteligencia, hubiera un día de aniquilar de un golpe toda su obra. Mirando en su conjunto la obra pastoral realizada en la era colonial, no hay más remedio que reconocer que los resultados fueron realmente impresionantes, aunque algunos pormenores dejaran que desear. Si hoy viven en Hispanoamérica mucho más de cien millones de católicos, casi un tercio de la Iglesia entera, entre los cuales las demás confesiones no forman sino minorías apenas perceptibles, hay que atribuir todo el mérito a la labor desarrollada por la cura de almas de la era colonial.

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