México
Aun antes de la conquista por Cortés, cuando eran muy pocas las noticias que se tenían del país, se había proyectado establecer un obispado en la península del Yucatán. Sin embargo, su primer obispo, Julián Garcés OP, hasta 1521 no se presentó en su diócesis, la cual en el entretanto había sido trasladada a Tlaxcala, en Méjico propiamente dicho.
Esta sede episcopal, que más tarde fue trasladada a Puebla, es, por tanto, la más antigua del continente americano. Pero el auténtico fundador de la iglesia mejicana es el franciscano Juan de Zumárraga, hombre notable que fue nombrado en 1527 primer obispo de la ciudad de Méjico y murió en 1548. Organizó curatos, escuelas, instituciones benéficas e incluso una imprenta de la que salió en 1535 el primer libro impreso en América: la Scala Spiritualis del padre de la Iglesia griego san Juan Clímaco, entonces muy leído en los claustros; en 1546 se imprimió también el primer catecismo en lengua india. Muy importantes fueron las conferencias convocadas por Zumárraga para discutir problemas misionales y sociales, a las que asistían prelados y superiores de todo Méjico.
En vida aún de Juan de Zumárraga se establecieron tres nuevos obispados: en 1535 Oaxaca (hoy Antequera), en 1536 Michoacán (hoy Morelia) y en 1546 Chiapa, de la cual fue durante un tiempo obispo el célebre Bartolomé de las Casas. El obispado de Chiapa fue suprimido más tarde, como también el de Vera Paz, fundado en 1561. Se crearon en cambio, en el mismo siglo XVI, los de Guadalajara (1548) y Veracruz (1561). Todos estos obispados estaban concentrados en un territorio relativamente pequeño. Sólo más tarde se crearon tres obispados más en la poco poblada región del norte de Méjico: Nueva Vizcaya (Durango) en 1620, Linares (Monterrey) en 1777 y Sonora en 1779.
Hasta 1545 los obispados mejicanos pertenecían a la provincia eclesiástica de Sevilla. En dicho año la ciudad de Méjico fue elevada a arzobispado y conservó su condición de sede metropolitana para Nueva España hasta el siglo XIX.
Las diócesis mejicanas no carecían de brillo exterior. Todas tenían sus capítulos catedralicios con muchas dignidades y canónigos, beneficios bien dotados, escuelas superiores y elementales, fundaciones pías, instituciones de beneficencia y un gran número de conventos. Los edificios religiosos de aquel tiempo, sobre todo los del siglo XVII, tanto conventos como catedrales, poco tienen que envidiar en magnificencia y valor artístico a los mejores de España; ellos son los que aún hoy imprimen al paisaje mejicano el sello de una arraigada y antigua cultura católica.
El país de Méjico propiamente dicho, a los pocos decenios de la conquista había dejado de ser una tierra de misión. A fines del siglo XVI había cuatrocientas setenta parroquias. Las parroquias rurales, dirigidas en gran parte por clérigos regulares, cuando eran muy extensas, tenían varios curatos que eran visitados regularmente por el párroco. La población, españoles, indios y mestizos, prácticamente era toda ella católica. Campo para las misiones solamente lo había en el norte del territorio.
Un inconveniente era el que casi todos los obispos debían venir de España, aun mucho tiempo después de que Méjico poseyera un suficiente número de sacerdotes nacidos en el país. Se ha calculado que en el siglo XVII, de noventa y dos obispos, los cuatro quintos venían de Europa. Eran prelados perfectamente dignos, pero en cierto modo extraños al país, no conocían ninguna de las lenguas indígenas, aún muy vivas, y muchas veces suspiraban por regresar a la patria.
A ello se añadía que, por la extraordinaria lentitud del procedimiento administrativo seguido en los nombramientos de obispos, todos los cuales tenían que pasar por el Consejo de Indias en Sevilla, las sedes quedaban a veces vacantes durante largos años. Así en el siglo XVII Oaxaca estuvo sin obispo durante veintinueve años, Guadalajara treinta y dos, Michoacán treinta y cinco, y el arzobispado de Méjico cuarenta y seis.
Otra rémora eran los interminables litigios y procesos que los obispos tenían que sostener con sus capítulos, con los conventos, con el virrey, con la audiencia real, sobre cuestiones de límites territoriales, jurisdicciones, atribuciones, incluso pormenores del ceremonial. Era como una enfermedad de los tiempos, que afectaba no sólo la América Latina, sino también España y otros países europeos. Un historiador mejicano reciente se pregunta admirado cómo podían los obispos hallar tiempo para visitar sus diócesis, absorbidos como estaban en sus constantes procesos.
La cura de almas propiamente dicha solía estar en manos de las órdenes religiosas. Los franciscanos a mediados del siglo XVI tenían ya trescientos miembros en Méjico, y a principios del siglo XVII poseían en este país ciento setenta y cuatro conventos. Menos numerosos eran los dominicos, aunque a comienzos del siglo XVII tenían seiscientos miembros en tres provincias.
Los agustinos contaban por este tiempo unos ochocientos miembros; su convento principal en la ciudad de Méjico había sido fundado por doña Isabel Moctezuma, hija del último emperador. Los primeros jesuitas llegaron en 1572. En vida aún de san Ignacio, los franciscanos habían escrito a Felipe II solicitando que les enviara jesuitas, pues más importa la virtud que el hábito». Los jesuitas eran en Méjico menos numerosos que las órdenes más antiguas; permanentes, unos trescientos cincuenta; pero en todas las ciudades de alguna importancia habían fundado colegios para la educación de la juventud, tres de ellos sólo en la ciudad de Méjico.