La población indígena
Es prácticamente imposible hacer, con visos de verosimilitud, una estimación de la población indígena americana en el tiempo del descubrimiento. A falta de cifras sobre el número de los llamados «indios» (pueblos probablemente inmigrados del Asia), estamos reducidos a las impresiones de los descubridores y conquistadores.
Pero sus cálculos son muy poco de fiar, pues a la tradicional incapacidad de los antiguos de hacer evaluaciones demográficas vienen a añadirse aquí otras fuentes de error: los conquistadores españoles estaban impresionados por la gran superioridad numérica del enemigo con que se enfrentaban; así cuando Cortés, con apenas tres mil hombres, emprendió la conquista de todo el imperio azteca. El afán de gloria hizo exagerar hasta cifras desorbitadas la importancia de las multitudes vencidas, del mismo modo que los misioneros se dejaban llevar por su entusiasmo al relatar las conversiones en masa. Según uno de estos relatos, de 1526 a 1540 los franciscanos bautizaron, sólo en Méjico, a más de nueve millones de personas, o sea casi el mismo número de habitantes que entonces tenía España.
Igualmente exageradas son las espeluznantes noticias dadas por Las Casas, como la de que en Haití desde 1514 la población descendió de tres millones a catorce mil almas, por efecto de la crueldad de los conquistadores. Hemos de convenir, pues, que las evaluaciones globales sobre la población de la América latina pecan verosímilmente por exceso.
Los historiadores tienden a cometer el mismo error ante la impresión en ellos producida por las culturas de los aztecas, mayas e incas. El historiador de hoy se inclina demasiado a medir las cosas con patrones modernos, y no le cabe en la cabeza que un estado civilizado pueda subsistir sin una población de algunos millones. Con respecto a Norteamérica, en las estimaciones de los historiadores puede influir un factor inverso: el afán de quitar importancia a la aniquilación de los indígenas por los colonizadores blancos, lo cual les inclina a disminuir las cifras.
Lo más que podemos decir, por tanto, y sin pretender ser precisos, es lo siguiente: En Méjico y Perú, únicas regiones ocupadas por una población indígena de una cierta densidad, debieron de vivir unos pocos millones de personas. Norteamérica, sin Méjico, debía de contar con menos de un millón de habitantes, y no mucho más Sudamérica, dejando aparte el Perú. Por consiguiente, en el momento de su descubrimiento, podemos decir que el Nuevo Mundo estaba casi despoblado. No es, pues, justificado hablar, como a menudo se hace, de los indios como si fueran los señores legítimos de aquellas tierras. Esto puede ser verdad, a lo sumo, para Méjico y Perú, mas no para el resto del país.
Un puñado de hombres no está en situación de ocupar millones de kilómetros cuadrados de tierras, ni de sacar provecho de ellas. Esto no excluye que los indios pudieran ser, en algunas partes, lo bastante numerosos para crear graves dificultades a los nuevos colonizadores, como los iroqueses en el Canadá y los guaraníes junto al Paraná. Además, la escasa densidad de la población india en modo alguno puede servir para disculpar las numerosas injusticias y crueldades de que casi en todas partes se les hizo víctimas en tiempos de la colonización.