La secularización en Alemania
Por la paz de Lunéville de 1801, toda la margen izquierda del Rin había pasado bajo la soberanía de Francia. Ello supuso la extinción de los tres principados eclesiásticos de Maguncia, Colonia y Tréveris. A los príncipes seculares se les prometió indemnizarles de los territorios perdidos a costa de las posesiones de la Iglesia y de las ciudades imperiales.
Las negociaciones al respecto condujeron, en febrero de 1803, al acuerdo de Ratisbona, de un tenor mucho más radical que lo convenido en Lunéville. Todos los principados y bienes eclesiásticos del Imperio fueron repartidos entre los príncipes seculares, los cuales se quedaban además con más de doscientos conventos. Con ello los estados recibían mucho más de lo que habían perdido en la orilla izquierda del Rin: Prusia recibía cinco veces más, y Baviera siete veces.
Un cálculo de las rentas que así fueron substraídas a la Iglesia en Alemania arroja la cifra de veintiún millones de guldas anuales, sin contar los bienes de conventos y monasterios. Fueron incontables los objetos de valor, obras de arte y sobre todo bibliotecas conventuales que de este modo se malbarataron, sin que apenas nadie opusiera resistencia. La secularización de 1803 fue un acontecimiento de consecuencias tan trascendentales como la confiscación de los bienes eclesiásticos en Francia del año 1789.
Los daños inferidos a la Iglesia alemana son incalculables. Convengamos en que la condición de soberanos que poseían los príncipes eclesiásticos alemanes y las riquezas de la Iglesia, que eran efectivamente muy grandes, no constituían un estado de cosas ideal: el clero alemán, especialmente el alto, pecaba de excesivamente mundano.
Pero la manera de convertir a los clérigos en auténticos curas de almas no consiste en desposeerlos de sus propiedades. La secularización supuso la destrucción de un sinfín de instituciones benéficas y sobre todo de escuelas católicas, entre ellas dieciocho de rango universitario.
El resultado fue que hasta mediados del siglo XIX pudo notarse en los católicos alemanes un fuerte déficit cultural. Gracias a la secularización los protestantes adquirieron una preponderancia que no estaba en proporción con su importancia numérica.
Entre los príncipes que formaban la Federación alemana, y luego el nuevo Imperio alemán, sólo quedaban dos católicos, los reyes de Baviera y de Sajonia. Millones de fieles, que hasta entonces habían estado bajo un gobierno católico, pasaron por efecto de la secularización bajo soberanía protestante; mucho menos numerosos, fueron los que sufrieron el cambio inverso. A mayor abundamiento, la organización eclesiástica quedó en gran parte deshecha, al menos temporalmente. Hasta 1814, de los obispados católicos sólo cinco estaban provistos.
Lo peor fue, sin embargo, y no sólo desde el punto de vista de la Iglesia, el devastador ejemplo que los estados dieron al cometer una violación de derechos de tan gigantescas proporciones. No en la era del absolutismo real, sino en la de la revolución los estados han aprendido a echar mano de la propiedad de sus súbditos.
En este sentido, empieza con la Revolución la era de la omnipotencia estatal, cuyas consecuencias tan gravemente pesan hoy sobre toda la humanidad. A partir de este momento, la lucha contra la omnipotencia del Estado y en favor de los derechos individuales se convierte en una de las principales tareas de la Iglesia.