Los padres de la ilustración
¿Cómo tardó tanto en venir la Ilustración, y por qué no siguió inmediatamente al humanismo? En parte ello se explica por las polémicas religiosas del siglo XVI, que desviaron el interés de las cuestiones propiamente filosóficas. La ilustración fue preparada por los filósofos naturalistas y epistemólogos ingleses lord Herbert († 1638), Tomás Hobbes († 1679), Juan Locke († 1704); su definitiva configuración como corriente ideológica y, al propio tiempo, su dirección marcadamente antirreligiosa, las recibió en Francia.
Como su fundador puede considerarse al protestante Pedro Bayle († 1706), cuyo Dictionnaire historique et critique, tantas veces editado en lo sucesivo, apareció por primera vez en 1697. El rasgo poligráfico característico de la Ilustración francesa, aparece aún más claramente en la Gran Enciclopedia (1751-1780), dirigida por D'Alambert († 1783) y Diderot († 1784). Pensadores independientes son Montesquieu († 1755), que por su obra De l'esprit des Lois (1784) merece ser tenido como fundador del liberalismo político, y Rousseau († 1778), el precursor filosófico de la Gran Revolución. Voltaire († 1778), en el que la oposición a la religión se exacerbó hasta tomar los caracteres de un odio feroz, es más un poeta y un publicista que un filósofo.
Es propio de casi todos los pensadores de la Ilustración, además del característico esprit francés, una cierta superficialidad y falta de elevación. En lugar de soluciones para los últimos problemas de la vida, las más veces se contentan con ofrecer vulgaridades expuestas en forma ingeniosa. Su aportación al acerbo de ideas filosóficas es insignificante. Hay que aguardar hasta Kant († 1804), que partiendo del racionalismo siguió luego por caminos propios, para que pueda hablarse de un positivo enriquecimiento del pensar filosófico.
Entre el público culto, incluso en el ámbito católico, la Ilustración, más que un sistema de ideas filosóficas, pasó a ser un sistema de tópicos y consignas, una moda. La razón lo impregnaba todo, se predicaba la filantropía y la tolerancia religiosa. Por razón se entendía incredulidad, por naturaleza, inmoralidad, de filantropía no se advertía en la práctica el menor vestigio, y la tolerancia religiosa se expresaba en un verdadero odio contra la Iglesia y sus instituciones, los conventos sobre todo.
El cambio sufrido por los espíritus era asombroso. En el siglo XVII había sido de buen tono el tener por director espiritual a un religioso ascético y severo, y discutir en los salones sobre la eficacia de la gracia; en el siglo XVIII lo elegante era ser volteriano y disparar pullas contra el clero y los frailes. Lo único que persistía era la presunción de cultura.