Pío VI (1775-1799)
La extinción de la orden jesuita produjo, en efecto, una distensión política, y el nuevo papa pudo gozar de algunos años de tranquilidad. Pero era como el turbio ocaso que sigue a una pequeña tormenta, preludio de la desatada tempestad que ha de estallar en la noche. La ciudad de Roma volvió a conocer unos años de esplendor. Los viajes a Italia se habían puesto de moda, y había revivido el entusiasmo por la antigüedad.
El papa pudo recibir en Roma a príncipes y huéspedes eminentes de todas las confesiones, en número jamás conocido antes. El propio pontífice era un entusiasta de los clásicos. Él fue, en realidad, el fundador del museo de antigüedades del Vaticano. En el año 1763 nombró inspector general de antigüedades al famoso Winckelmann, que se había convertido al catolicismo en 1754.
En 1782 Pío VI se decidió a trasladarse personalmente a Viena para entrevistarse con el emperador José II, cuyas reformas eclesiásticas iban tomando un carácter cada vez más autoritario y caprichoso. El viaje de ida, la estancia en Viena y el regreso fueron como un largo cortejo triunfal.
La gente acudía de todas partes para ver al papa y recibir su bendición. Pero el viaje no consiguió el fin que se proponía, aunque el emperador no regateó las deferencias y al año siguiente estuvo en Roma para devolver la visita. Una vez más se demostró que los gobiernos católicos estaban siempre dispuestos a colmar de honores al papa, siempre que en los asuntos eclesiásticos se les permitiese proceder a su antojo, como si el papa no existiera.
Con todo, el papa hizo cuanto pudo para cumplir con sus deberes de pastor. Tras el estallido de la Revolución francesa en 1791, condenó la constitución civil del clero, y en 1794 el sínodo de Pistoya, marcadamente jansenista. Pero luego vino la catástrofe.
Las tropas revolucionarias invadieron los Estados Pontificios. Pío VI tuvo que firmar en 1797 la humillante paz de Tolentino, que lo arruinó totalmente. A pesar de ello, al año siguiente fue apresado por los revolucionarios, los cuales, después de pasearlo de un lado a otro de Italia, al fin lo condujeron a Francia, donde el desgraciado anciano, que contaba ya ochenta y dos años, sucumbió en Valence a las penalidades de su viaje. Hubiérase dicho que el papado se había hundido, tragado por las oleadas de la Revolución.