Los últimos papas antes de la revolución
A Clemente XII, ciego e impedido, sucedió Benedicto XIV, Próspero Lambertini (1740-1758). Era un destacado erudito, canonista e historiador, cuyas obras sobre la canonización y sobre los sínodos diocesanos son todavía muy estimadas. Carácter extraordinariamente jovial y afable, no del todo exento de aquella inocente vanidad que no es raro encontrar en los italianos más cultos y refinados, Benedicto XIV hizo cuanto estuvo en sus manos para detener, a fuerza de buenos oficios, prestigio personal y gestos amistosos, el asalto de los gobiernos cada vez más hostiles a la Iglesia, tras los cuales se disimulaban los cabecillas de la ilustración.
En su afán de llegar a una inteligencia con todos, se olvidó de lo que a sí mismo debía hasta el punto de intercambiar cortesías con Voltaire. Consiguió, en efecto, ser celebrado por "ilustrados" y no católicos, lo cual no es precisamente la mejor alabanza de un papa, pero los resultados prácticos fueron escasos. De todos modos, Benedicto XIV no cedió en ninguna cuestión esencial, y con su habilidad elevó en grado notable el prestigio moral de la Santa Sede, que en los últimos cien años andaba muy decaído.
Bajo Benedicto XIV la campaña contra la Compañía de Jesús fue pasando cada vez más a primer plano. El papa, que personalmente apreciaba a la orden, creyó que lo más conveniente era no defenderla abiertamente, y hasta hizo algunos gestos contra ella.
Su sucesor, el veneciano Rezzonico, que tomó el nombre de Clemente XIII (1758-1769), procedió en sentido contrario, y publicó una bula en la que elogiaba públicamente a la orden y la confirmaba de nuevo. La lucha antijesuítica ocupó por entero su pontificado. Pero la firmeza del papa no pudo impedir que la orden fuera suprimida en Portugal, España, Nápoles y Francia. En el conclave celebrado después de su muerte, la cuestión de los jesuitas desempeñó el papel decisivo.
La presión de los gobiernos sobre los cardenales era inaudita. Al fin fue elegido el franciscano conventual Lorenzo Ganganelli, con el nombre de Clemente XIV (1769-1774), del cual se esperaba que decretaría la extinción de los jesuitas, aunque no se avino a hacer ninguna promesa expresa como condición para ser elegido, a pesar de que así se le propuso. De hecho, durante más de tres años se defendió contra las urgentes instancias de los gobiernos, sobre todo las del embajador español Moñino. Cuando finalmente, en 1773, firmó el breve de extinción, era ya un hombre desecho física y espiritualmente. Fue su sucesor Juan Ángel Braschi, con el nombre de Pío VI.