Austria
En la monarquía austriaca habían hecho muy escasa mella las ideas de la revolución francesa. Bajo el dilatado reino de Francisco I (1792-1835) el Imperio austriaco, a pesar de las muchas derrotas sufridas bajo Napoleón, se elevó casi a la condición de primera potencia europea.
Ello se debió en gran parte a la obra del canciller Clemente Metternich (18091848), aunque su influencia sobre la política interior austriaca fue mucho menor que la ejercida sobre el resto de Europa. Austria era gobernada por funcionarios impregnados de ideas entre liberales y josefinistas. El emperador Francisco, sobrino de José II, era personalmente hostil al Enciclopedismo y al liberalismo.
Enemigo de todo cambio radical y animado de un estricto sentido jurídico, nada quería saber de introducir modificaciones en la legislación eclesiástica josefinista, a pesar de serle personalmente antipática, pero suavizaba el rigor de estas leyes por medio de un gobierno hábil y benévolo. Para Metternich, cuyas ideas eran muy libres en materia de religión, la Iglesia servía ante todo para mantener el orden en el país. La nueva constitución que siguió a la revolución de 1848 y a la caída de Metternich, aportó a la Iglesia una mayor libertad.
Los esfuerzos del arzobispo de Viena Rauscher y la buena disposición del nuevo emperador Francisco José I cristalizaron en 1855 en un acertado concordato que eliminaba muchos restos de josefinismo. Sin embargo, nunca fue aplicado del todo; en 1868 fue conculcado con nuevas leyes sobre el matrimonio y la enseñanza, y en 1874 fue denunciado por el gobierno. Si no se llegó a un Kulturkampf en forma, fue sobre todo porque el emperador Francisco José I en asuntos religiosos se esforzaba en adoptar una actitud lo más correcta posible. Aunque muy autoritario frente a Roma, no permitía tampoco la menor extralimitación de sus funcionarios, liberales en su mayoría.
Cuando en el año 1868 el gobierno hizo detener al obispo de Linz, Rudigier, el emperador le indultó inmediatamente después de haber sido condenado. No toleró que se atacara a la facultad de teología de la Universidad de Innsbruck, dirigida por jesuitas. En el nombramiento de los obispos, en el que el derecho vigente le concedía una gran participación, solía atender ante todo a los intereses de la Iglesia y al buen desempeño del ministerio pastoral.
A pesar de todo, la situación de la Iglesia austriaca dejaba bastante que desear. Para el extranjero, Austria era una ciudadela del catolicismo, pero tal impresión venía a veces de una especie de barniz exterior, bajo el cual se ocultaba mucha hostilidad solapada. Los intelectuales eran, en su mayoría, liberales y sólo de nombre católicos, si no simplemente judíos. Las poblaciones de los distintos países de la monarquía sentían cada vez más sus entusiasmos patrióticos, con detrimento del sentido de comunidad católica.
Desde el convenio con Hungría, de 1867, que en realidad significó el principio del fin de la monarquía, se perdió todo freno en este respecto. Por otra parte, los austriacos alemanes tendían a gravitar en torno al Imperio alemán, que se les aparecía como personificación del protestantismo. El austriaco siempre ha sufrido de complejos de inferioridad y de admiración por todo lo extranjero.
Sin embargo, los católicos de los diferentes países se agruparon en partidos políticos: así, sobre todo, los alemanes en el partido cristianosocial fundado por el burgomaestre Karl Lueger. Estos grupos católicos, distanciados entre sí por agudas diferencias nacionales, no podían ni a veces querían detener el derrumbamiento de la monarquía, pero consiguieron que en los nuevos estados que de sus ruinas surgieron fueran respetados desde el comienzo los intereses de la Iglesia.