Rusia
Desde la partición de Polonia, el Imperio ruso comprendía dentro de sus fronteras importantes contingentes de católicos: además de los polacos, los lituanos y los rutenos unidos de Ucrania. Bajo el reinado del zar Pablo I (1796-1801) se restablecieron tres episcopados rutenos, y se creó el arzobispado latino de Mohilev, con sede en San Petersburgo.
A él se añadió en 1818 el arzobispado de Varsovia con siete sufragáneas. Bajo Nicolás I empezó una persecución en forma llevada a cabo con todos los procedimientos del cesaro-papismo, de la rusificación y de la fuerza bruta. Tres obispos rutenos con un millón y medio de fieles cedieron a la presión y se pasaron al cisma. El fracasado levantamiento de los polacos en 1830 tuvieron que pagarlo también los católicos. Cuando el zar visitó Roma en 1845, Gregorio XVI le hizo reconvenciones muy serias.
Dos años más tarde se concertó incluso un concordato, pero los rusos lo aplicaron de un modo muy poco leal y fue totalmente revocado después del nuevo levantamiento polaco de 1863. Alejandro III concluyó en 1882 un nuevo concordato, y en 1894 fueron restablecidas las relaciones diplomáticas con el papa, interrumpidas desde 1860. Siguieron, sin embargo, las presiones y sobre todo los esfuerzos de rusificación.
La revolución de 1905 trajo una cierta atenuación de la legislación religiosa, a consecuencia de la cual más de doscientos mil cismáticos de las provincias occidentales volvieron al seno de la Iglesia católica.