La educación del clero
Una especial atención se prestó en el siglo XIX a la formación de los aspirantes al sacerdocio, cuyo número fue en rápido aumento desde la mitad del siglo. Los problemas educativos y de organización de la enseñanza ocupaban en todas partes el primer plano.
Esa general preocupación era una herencia del tiempo de la ilustración, y la Iglesia tuvo que sostener una constante batalla contra el afán intervencionista y reglamentador de los estados, que se hacía sentir de un modo especial en el campo pedagógico; por otra parte, pudo también aprovecharse de los grandes progresos conseguidos en éste y de las mejoras introducidas en la organización de las escuelas, que sin duda alguna figuran entre lo más valioso que la ilustración produjo.
Durante las turbulencias de la revolución y de las secularizaciones, la mayor parte de los seminarios eclesiásticos desaparecieron y tuvieron que ser establecidos de nuevo. Hoy casi todas las diócesis de alguna importancia tienen los suyos; cuando las circunscripciones son demasiado pequeñas para sostener sus propias instituciones de enseñanza, como ocurre en Irlanda y sobre todo en Italia, se establecen seminarios regionales.
Las exigencias puestas en la preparación científica de los candidatos al sacerdocio y en la del profesorado fueron en constante aumento en el curso del siglo pasado. El reglamento de estudios impuesto en 1931 por Pío XI (Deus Scientìarum Dominus) va muy lejos en esta dirección.
Un gran número de profesores de teología reciben su preparación en la propia Roma, donde casi cada nación posee su propio colegio. Los estudiantes reciben los grados académicos en la universidad Gregoriana, en la universidad de Letrán, en el «Angelicum» de los dominicos o en las escuelas especiales de ciencia bíblica, teología oriental, arqueología, música eclesiástica.